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La esquina

José Aguilar

jaguilar@grupojoly.com

El rey que se malgastó

Dos cosas han malogrado la reputación de Juan Carlos I: su relación tóxica con el dinero y su desorden sentimental

Al poco de enterarse del noviazgo de su hijo y heredero Felipe con Letizia, el rey Juan Carlos I le confesó a un amigo andaluz: "Este niño se va a cargar la Monarquía". Dieciséis años después es el Rey emérito quien puede cargarse la institución y el Rey vigente, su hijo, el único que puede salvarla. Y salvarse.

A eso hemos llegado por la sucesión de escándalos protagonizados por don Juan Carlos que condujeron en 2014 a su abdicación y ahora a las investigaciones de las Fiscalías suiza y española por presuntos delitos fiscal y de blanqueo, en relación con los 64,8 millones de euros que le fueron donados por el rey de Arabia Saudí y que él, a su vez, entregó a su amantísima Corinna, sin pasar ni un solo euro por el fielato incordiante de la Hacienda española.

Todo esto nace de dos características personales de Juan Carlos de Borbón, que habían pasado desapercibidas o habían quedado orilladas ante la magnitud de su obra histórica en el último cuarto del siglo XX. Una es su tóxica relación con el dinero (un jefe de Estado democrático no puede ser financiado por una potencia extranjera, ni como regalo ni como comisión, ni mediando AVE ni sin mediar AVE). La otra es su desordenada vida sentimental, en la medida en que mezcla los afectos y pasiones particulares con los asuntos públicos. Borboneos.

Se ha dicho muchas veces que el proceso de la transición española a la democracia se estudia en las universidades de medio mundo como ejemplo de salida pacífica y sin traumas de una dictadura siniestra nacida de una guerra civil a un sistema de libertades que sirve de modelo. Nadie tuvo más mérito que el rey de entonces -si acaso, Adolfo Suárez- en el pilotaje de aquella enorme operación. Ayudó como ninguno a traer la democracia y a defenderla cuando estuvo en grave peligro. Nadie ha hecho tanto como él mismo por dilapidar el patrimonio moral acumulado entonces y malgastar una reputación ganada a pulso, que ya no serán restaurados pase lo que pase en el ámbito judicial.

Es triste que el legado inmenso del Rey anterior quede empañado por su vida personal que, además, pone en riesgo el mandato de su hijo y la propia Monarquía, esa institución anacrónica que sólo se justifica hoy si se encarna con ejemplaridad, transparencia y simbolismo intachable. Por eso, el rey Felipe le quitó su asignación, renunció a heredar su fortuna y ahora se plantea desahuciarlo de la Zarzuela. Una ruptura total, emocionalmente fatídica.

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