La revuelta

Campanilleros campanillados, cogámonos las vueltas de arriba a badajo

No se apuren ustedes que no voy a hablar esta vez de política por mucho que la situación esté como para echarse al monte. Tomemos un respiro. Y otro, porque lo que vengo a proponerles es que dejemos ya de estar de vuelta y volvamos. Que revolvamos o nos revolvamos contra esta manía de estar cansados de todo, escépticos y/o cínicos. Lo propio de estas fechas, si se fijan y escuchan, es estar de vuelta de las fiestas de Navidad, de las luces de las calles, de los tarjetones de felicitación, de los abrazos, de las cenas de empresa y de las comidas con los cuñados. El turrón nos empalaga. El polvorón engorda. El champán marea. Los regalos hastían. Los villancicos enervan. Los árboles de Navidad no son ecológicos. Las uvas se atragantan. Etc.

Estar de ida, a estas alturas, es difícil. Soy, con más años que un consenso constitucional, el primero en reconocerlo y no voy a pedirles lo imposible, pero estar de vuelta resulta, sin lugar a duda, triste y aburrido. Volvamos a ir, entonces. Revolvámonos o desenvolvámonos. Aspiremos a una ilusión de segunda generación. A la moviola de las navidades.

Las campanas suenan -campana sobre campana- porque pegan sus vueltas. Deben ser nuestra imagen (y sonido) para estas fiestas. Campanilleros campanillados. De arriba a badajo, cogernos las vueltas a nosotros mismos, y vernos por la espalda.

¿Cómo se hace eso? Fácil: es el espíritu de los Reyes Magos. Cuando uno ya no espera tanto sus regalos (aunque luego lleguen y sea una sorpresa, oh, mayor, que eso es, al final, ir de requetevuelta), cuando ya no los espera, digo, los prepara (y arropa el misterio cuanto puede). Si se piensa, eso es todavía mejor. La esperanza cede sitio a la caridad o al cariño (que es la caridad vestida de paisano).

Queda mucho para Reyes (no se alarmen). Se trata de aprovechar una fórmula de probada eficacia y aplicarla a todo, incluso al iluminado de las calles: «Oh, oh, qué bonito», podemos decir fingiendo un poco nuestro asombro y entusiasmo hasta que, de pronto, cuando más desprevenidos estemos y más olvidados de nosotros mismos, nos demos cuenta de que son -entusiasmo y asombro- tan verdaderos o más que cuando eran muy originales.

Encaramos las enésimas navidades, sí, lo sé. Por eso. A estas alturas, ser capaz de engañar a nuestros desengaños y sostener con alevosía la ilusión es urgente. Es el primer regalo que nos hace para todo el año nuevo la Navidad.

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