Su propio afán

La revuelta de los lores

Virtudes poco democráticas como la piedad y la elegancia son imprescindibles para cualquier sistema político

La Cámara de los Lores ha dado el primer revés a los planes del Brexit, en su aspecto más populista. En realidad, apenas a los plazos, porque el poder de los lores ya no da para más, pero es bonito. Por el corte, claro, y por la materia: ha sido defendiendo los derechos de los inmigrantes. Es un gesto que honra a los lores, valga la redundancia.

También honra al sistema británico, que puede permitirse algo tan poco democrático como una cámara legislativa cuyos miembros no son electivos y donde existen, incluso, lores espirituales, señores obispos, nada menos, aunque anglicanos. Edmund Burke explicaba que no hay que conseguir la máxima democracia posible, sino que ésta sea estable y duradera. Ahí los ingleses no tienen rival. Por no explicarlo con el cansino ejemplo catalán, sería muy democrático, por ejemplo, que el sufragio universal alcanzase a los chicos de catorce años, ¡será por consultas!, pero eso no lo habría aprobado Burke porque pone en peligro la madurez del voto que consolida una democracia. La Cámara de los Lores es el caso contrario. Aporta al sistema un simbolismo necesario, paralelo al de la Corona, y la sensatez y la autoridad que también se requieren.

Esta vez, aunque la Cámara de los Lores está muy deshuesada, ha vuelto a cumplir su papel (no escrito, por supuesto). Los fantasmas de Salisbury, de Burke, de Bagehot, de Norkfolk, de Mexborough y los espíritus bilocados de Ignacio Peyró y de Ignacio Jáuregui habrán saltado de júbilo.

Sacando fuerzas de flaqueza o de nobleza, que es lo mismo, han dado un chasco al populismo. Conjugando virtudes tan poco democráticas, en principio, pero tan imprescindibles para cualquier sistema político como la piedad y la elegancia. Han querido amparar a millones de inmigrantes, exigiendo que sean tratados, a pesar del Brexit, con los exactos derechos que los comunitarios. Junto a la piedad, la elegancia del anfitrión que hace una cuestión de honor atender bien a sus huéspedes. Que la elegancia está en la raíz de esta decisión lo demuestra que sus lordships hayan hecho oídos sordos a las propuestas más fenicias de Theresa May, partidaria de mantener los derechos de los europeos inmigrantes sólo por pura reciprocidad, según se fueran asegurando que los países de origen respetarían los de los ingleses. Los lores han dicho que no, que cada uno en su casa trate a sus invitados como acostumbre y sepa. Nobleza obliga.

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