Con la venia

Fernando Santiago

La revolución

 DESDE que apareció en el metro de Nueva York un anuncio de vodka con la hoz y el martillo sobre fondo rojo con el eslogan "Enjoy the party" quien hubiese tenido alguna duda del  fracaso del comunismo como sistema político y de la revolución como forma de llegar al poder , se le disipó. Ya no causa el más mínimo temor en la capital del mundo occidental. Ahora en los EEUU se preocupan más por el terrorismo islamista  que otra cosa. El mismo declive han seguido las formas de actuación del movimiento obrero a lo largo de la historia. Desde los mártires de Chicago (la mayoría emigrantes europeos, periodistas de profesión, que reclamaban  una jornada de 40 horas semanales) la huelga y la manifestación han sido siempre las principales herramientas de actuación de las reivindicaciones populares. Ahora es raro el que se considera a sí mismo un obrero o el que cree que forma parte de la clase baja. Todos formamos una muy amplia clase media con todas las características  que esta tiene. El sistema tiene miles de contradicciones y sigue beneficiando a los poderosos y olvidándose del medio ambiente, del tercer mundo y de los trabajadores. Pero la mayoría nos hemos convertido en consumistas pendientes de las diferentes formas de ocio. No sé qué pensaría el yerno de Marx, Paul Lafargue, que escribió El derecho a la pereza si observase que ahora se pueden ver gratis 40 canales de televisión con todo tipo de contenidos o que se construyen barcos para 4.000 personas al objeto de que puedan ir de crucero el más tieso de los mortales, a pesar de Il Capitano Ligone, que diría Antonio Burgos. Los parias de la tierra están en el tercer mundo o entre los inmigrantes clandestinos. La clase obrera tiene plasma, termomix y un coche último modelo. O al menos lo tenían antes de la crisis. En Occidente no quedan palacios de invierno que asaltar ni el acorazado Aurora está a la espera de instrucciones del soviet de turno. El estado del bienestar  ha convertido a las democracias europeas en los países con mayor calidad de vida y a los desheredados de hace 150 años en clase media. Esto no quiere decir que no haya conflictos, que los hay y ahora más y con mayor crudeza. Pero ya no se usan los métodos de la época de Germinal o de La sal de la tierra. Ahora nadie quiere hacer huelga porque el malvado patrón descuenta un día de salario y se descuadra el presupuesto del mes. Ahora toda movilización va encaminada a salir en los medios de comunicación, de manera muy especial en la tele. Por eso la gente se altera con los periodistas si los periódicos o las televisiones no han tratado su conflicto particular como ellos quieren. El objetivo es  salir en el informativo y tener un buen sitio en el periódico. Ahora que han empezado los cortes en el puente o cuando se han movilizado los de Valcárcel, los de Visteón o los funcionarios de la Junta, el destino son  los medios de comunicación. Es la forma posmoderna de lucha. Se piensa que de esta forma se presiona a los políticos para obtener la reivindicación correspondiente. A los de Delphi  y a los de astilleros siempre les ha ido bien así.

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