Ana Mestre regresó a Cádiz llorando tras hacerse añicos su deseo de formar parte del primer Gobierno andaluz del PP. Y ahora que al fin domina el terreno, como si le persiguiera una maldición, le dan ganas de llorar por ver que se le podría escapar lo que tanto le ha costado. Tras formar parte del equipo de Juanma, cuando nadie daba un duro por él, las quinielas la situaron al frente de Sanidad. Pero por uno de esos misterios cósmicos, al final acabó como delegada plenipotenciaria de la Junta y liderando al PP gaditano. No está nada mal para alguien tan joven, cuyo carisma estaba por ver tras pasar de puntillas por el gobierno de Cádiz y estrellarse en Sanlúcar, al empezar a volar en solitario.

Insegura y desconfiada, sin un núcleo duro solvente, debía hacerse con el mando de un partido abierto en canal, antes de que le asaetearan desde Trebujena a Sotogrande. No tenía muchos rivales internos, pero tampoco contaba con apoyos tras unas primarias que aún está pagando el PP. A la vez tuvo que coordinar a los delegados de la Junta sin experiencia. Sin gozar del talento y el conocimiento de los privilegiados, Mestre optó por la vieja escuela: echar más horas que un mulo prestao y practicar el ordeno y mando. Hoy nada se mueve sin que ella lo sepa. Y pese a los primeros errores de cálculo, tanto al formar equipo como en la gestión, y pese a ver fantasmas donde no los hay, hace un mes parecía tenerlo todo más o menos bajo control. Nadie defiende como ella el cortijo en la provincia en la actualidad. Y si para lograrlo le tiene que dar tres vueltas a la carretera del Castaño, lo hace sin pestañear. Lo admiten hasta los rivales por lo bajini. Y Bruno García, su leal escudero, le aporta el equilibrio preciso para dirigir el partido sin sobresaltos, tras la dimisión de su primer secretario provincial, Andrés Núñez, en quien perdió la fe, y la destitución de su enemigo íntimo Antonio Saldaña, en la Diputación.

Tras el visto bueno de la dirección regional, Mestre se postuló ante los populares gaditanos para revalidar el liderazgo que le brindó Juanma Moreno, hace dos años. Gozaba de tanta confianza, que ni siquiera contempló unas primarias: "El proyecto que lidero ha demostrado su capacidad para integrar a todos". Y así lo parecía, hasta que la dirección nacional y la regional desataron las hostilidades por la organización en Málaga y Sevilla a navajazo limpio. No se trata de Mestre. Lo que está en juego es la esencia del poder. Para seguir presidiendo el partido, Casado ha de dejar claro quién manda frente a Juanma. Y si no hay acuerdo entre ambos, Mestre podría ser una víctima colateral. Su presunta incompatibilidad para disfrutar de los cargos que ha defendido hasta ahora, sin oposición, podría servir de excusa. Pero conste que en las casas de apuestas del PP tampoco sobra gente con brillo que encandile a la parroquia. El diputado Pepe Ortíz, el más cercano a Casado, tendría el mismo problema que ella. Y Juanma no tiene a nadie mejor que Mestre. De la cuerda de Antonio Sanz, aunque ahora marque distancias con él, el mejor posicionado, descartado Saldaña, sería Germán Beardo, alcalde de El Puerto. Su problema es que Sanz y Casado son incompatibles, aunque quién sabe. La tercera vía la encarnaría Bruno García, pero no le gustan los jaleos. El PP ahora está centrado en Madrid. Pero tras las elecciones será posible incluso lo imposible: que Mestre siga donde está.

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