desde mi cierro

Pedro G. / Tuero

Ni el rescoldo

TODO pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar" -y así lo dijo nuestro Machado- y, en el mar, quedan las estelas o huellas que borda el agua y que luego desaparecen. Y así me encuentro cuando me paseo por nuestra calle Real. Una calle fantasma, que se ha quedado triste y gris, casi vacía y poco atractiva o encantadora. Pero, por allí, aún, transitan mis conocidos, aquellos que vi por primera vez en esos, mis primeros escarceos ambulantes, que iban desde "Jisol" hasta "Almacenes Blanco", buscando a la niña bonita y, por lo menos, mirarla. Paseos quinceañeros que nunca olvidaré. Sin embargo, ahora prefiero no hacerlo, me es deprimente y mezquino pasear. Veo a aquellos jóvenes que éramos muy deteriorados, bastante decrépitos, casi viejos y viejas, y me pregunto: si tanto tiempo ha transcurrido, si será posible. Estropeadas, con lo guapas que fueron; marchitos, con lo achulados que parecían. Y yo, yo lo mismo, por lo tanto. Y me pongo a pensar cómo el tiempo nos llega a todos, y veo a tantos casi como yo, mejores o peores, digo. Somos verdaderas estelas que vamos desapareciendo con el tiempo. Y a otros, que ya no veo, porque no están.

Y así, nuestro padre Juan se nos ha muerto. Mi compañero durante muchos años en mis primeros momentos de profesor de Lengua en el instituto "Wenceslao Benítez". Con él visité la primera vez Italia, él, ducho en estos menesteres, se la sabía de memoria. Trabajaba durante todo el curso para el viaje a Roma, se responsabilizaba ante padres y alumnos y, al final, todo salía admirablemente.

Persona seria, castrense por encima de todo y excelente en todo lo que hacía. Llegué a tener con el cura Juan una buenísima amistad. Gran conversador; muy mandón, porque no había más remedio, y muy suyo de lo suyo, con esa elegancia y postura que nunca abandonó.

Por eso, no me extraña su magnífico trabajo en el Pan Nuestro, toda esa labor que ha desarrollado para esta Isla que, sin haberlo parido, la quería como suya.

Y, después de todo esto, dígame lector, si todo no pasa. El tiempo, la belleza, aquella calle Real, los amoríos inocentes, y hasta la nostalgia de ayer convertida en ira. Remordimiento por lo que fue y amargura por lo que no se pudo. Vivencias de una época pasada irremediablemente.

Ni lo que se consideró lo ético; ni el concepto verdadero de política; ni la honradez, fiel compañera del progreso; ni el auténtico sentido de la libertad: permanecen. Y conste, mi derrumbado lector, que no soy pesimista, sino sólo un optimista que se ha cansado de serlo.

Porque no queda ni el rescoldo.

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