Las primarias socialistas han terminado en un nuevo duelo a navajazo limpio al margen de los ideales. Esto no va de que gane el mejor, va de llenar la nevera. La incomparecencia de aspirantes más del agrado de la afición restó quilates a un partido sin alma por el tercer y cuarto puesto con menos emoción que un capítulo de Acacias. No han faltado los sentimientos primitivos en función de las lealtades y las traiciones, pero aquí no gozamos de la cultura política necesaria para que el debate interno no acabe en tragedia. Para colmo, ni Juan Espadas ni Susana Díaz descubrieron nada nuevo bajo el sol de la socialdemocracia. Tiene más delito en el caso del primero. Con la dirección a favor, sus partidarios creyeron que ganarían por goleada y hoy tienen más mala cara que Sergio Ramos tras hablar con Luis Enrique. Algunos pedristas ya se conforman por ganar por un voto, porque en caso de perder el gran derrotado no sería otro que Pedro Sánchez. Se podría admitir que Díaz estaba más que amortizada, pero Espadas no ha sabido volar solo, ni encandilar a la militancia como el revulsivo interno que el PSOE andaluz necesita, más dinámico y capaz de atrapar a las nuevas generaciones con recetas frescas. La socialdemocracia que después de la Segunda Guerra Mundial apostó por la lucha contra la desigualdad y la equiparación de los niveles de renta sigue en caída libre sin remedio.

En lugar de ser valientes y ofrecer iniciativas sobre el cambio climático o de la gestión del sistema público de educación y sanitario, que se lleva medio presupuesto andaluz, Susana y Espadas protagonizaron un combate ficticio sobre la nadería. Ninguno arriesgó planteando fórmulas para la gestión mixta porque el sector privado sigue siendo tabú en el PSOE, como si empresarios y autónomos fueran invisibles y sólo pudieran soñar a lo grande muy lejos de aquí. Ni siquiera le hablaron a los jóvenes de las fortalezas y debilidades de la FP ni de los mecanismos necesarios para conectar con la empresa. Los dos optaron por decirnos lo que harían si fuesen quienes no son en estos momentos, y no quisieron contarnos qué piensan hacer con aquello que está en su mano. ¿Puede extrañar que los populares sigan creciendo con un discurso de centro cada vez más rabioso?

Hoy la victoria de cualquiera de los dos candidatos será pírrica para el PSOE. A Susana se le ha visto algo más convencida en su papel de víctima. Pero el alcalde de Sevilla, con su aire de funcionario pulcro y encantador, nunca estuvo cómodo ni supo ocultar que lo de matar al padre no es lo suyo. Ha ofrecido la misma cara que habría puesto Juanma Moreno si alguien le hubiese planteado que antes de llegar a San Telmo tendría que encargarse personalmente de Arenas. Desde que Susana apretó el acelerador por toda Andalucía, a él se le vio a remolque. Ahora dicen que esta provincia, con permiso de los jóvenes, será decisiva. Los socialistas gaditanos reclaman un cambio y es casi en lo único en lo que coinciden. La batalla por hacerse con los restos del naufragio acaba de empezar entre irenistas, romanistas, pizarristas, susanistas y un puñado de secretarios con sus distintas agrupaciones más o menos importantes detrás. El final está tan abierto como el que nos brindó Kubrick con su Odisea en el espacio. Si para cuando terminen su la pelea queda algún ideal suelto en el reñidero socialista será pura casualidad.

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