Esta mañana, cuando entre en el hemiciclo que hace apenas tres meses abandonó convencida de que volvería a él como presidenta triunfante, Susana Díaz se dará de bruces con la realidad. La realidad era esto y no las ensoñaciones de una Andalucía feliz que la paraba por la calle para darle besos y pedirle que siguiera arreglando la sanidad y la educación tan bien como lo estaba haciendo. Qué va. No estaba en ese ir sobrado que además refrendaban los sondeos de opinión que se publicaban en los medios y también los que se guardaban bajo llave en los estados mayores de los partidos. La realidad, como acostumbra a hacer, iba por otro lado. Iba por el malestar, a veces soterrado, a veces más visible, de los profesionales de la educación y de la sanidad, de los parados de eterna duración, de las clases medidas que veían cómo los servicios públicos se deterioraban mientras aquí se pagaban más impuestos que en otros sitios de España... Ese malestar iba ganando adeptos día tras día y reflejaba el profundo agotamiento de cuatro décadas de lo mismo que le habían dado la vuelta a Andalucía -faltaría más-, pero que ni habían servido para acercarnos a los valores de bienestar que se disfrutan en el norte de España, por no hablar de la Unión Europea, ni para arreglar los problemas que nos lastran desde hace por lo menos dos siglos. Era un malestar que se hacía patente en dos reacciones: el cansancio y el cabreo. El primero hizo que cientos de miles de personas que habían dado su confianza a los socialistas porque no encontraban nada mejor se quedaran en su casa; el segundo puso en escena algo con lo que nadie quería contar: la aparición de una fuerza populista de derechas que actuaba a los ojos de los más exaltados como un puñetazo en el hígado del sistema. Vox no era un fenómeno de cuñadismo de cena familiar pasada de copas. Era un grito de basta ya que nadie había querido escuchar.

El PSOE, y ahí está su gran error, se había acostumbrado a ganar en Andalucía por incomparecencia del contrario y pensaba que podía ser así siempre, que los gestos podían sustituir a la gestión. Pero no quisieron darse cuenta de que, de pronto, el contrario por la derecha ya no era uno solo. Eran tres y no supieron medir la suma de esos tres factores que tenían un único denominador común: echarlos a ellos. Por eso, cuando hoy Susana Díaz se vea en el hemiciclo en el banco incomodísimo de la oposición habrá recibido una ducha de realidad. Tiene tiempo de aprender la lección.

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