La ex ministra Tejerina incendió la campaña con sus críticas a nuestra educación. Más de uno reaccionó como si le hubiesen mentado a su madre cuando dijo que los niños de 8 años de Castilla y León saben lo mismo que los andaluces de 10. Y desde la indignación y la rabia, desplegamos nuestro age para subrayar su poca gracia. A los que se ríen con nuestra manera de expresarnos, bastaría con citarles a Lorca, Alberti, Machado, Picasso, Velázquez, Murillo y tantos otros para invitarles a reflexionar. Pero el dichoso problema de imagen que arrastra Andalucía viene de tan lejos, que nos conocen antes por Jesulín que por Falla. Ni es la primera vez que nos insultan, ni será la última. De hecho, antes que Juanma Moreno, que se desmarcó como pudo, Arenas ya lamentaba antaño los exabruptos de sus colegas: "¡Al suelo que vienen los míos!"

Lo que ni el mayor de los insultos ha de esconder es la cuestión de fondo, por mucho que la verdad duela. El PSOE y el PP han malgastado demasiado tiempo en negociar un pacto por la educación para que nuestros estudiantes abandonen el furgón de cola. El último informe Pisa tendría que avergonzar a nuestros dirigentes, pero lejos de enderezar el rumbo, prefieren tirarse los trastos a la cabeza. Entretanto, los profesores han perdido el respeto de los alumnos y los padres parecemos sus mayordomos preguntando por sus exámenes en el grupo de guasap. Nuestros gobernantes están tan entretenidos en lograr aparatos de aire para todos, que olvidan lo elemental. Ante los ataques del exterior, al PSOE le ha bastado durante 40 años con ejercer de víctima por todos nosotros. Su gobierno no posee un talento sideral, ni una noble preocupación por cultivar la educación. Claro que la oposición tampoco cuenta con una preparación sólida, ni es capaz de parecer sincera. Sólo así se explica que los populares no hayan construido en este tiempo un relato ilusionante que les proyecte como alternativa real de cambio de gobierno.

Y no será porque no tienen terreno para pasar a la acción con iniciativas de calado, más allá de subrayar los escándalos de corrupción, que va de suyo. Aún no han dicho cómo pretenden dignificar la enseñanza pública frente a la concertada. Tal vez porque no creen en ella o porque no les sale. Y lo mismo pasa con la sanidad. Rozamos la excelencia en trasplantes e investigación, pero fallamos en la atención primaria. Las consultas están desbordadas y las Urgencias, colapsadas. La falta de camas es notable y el personal sanitario se ha pasado media legislatura en pie de guerra. Pues ni con este panorama han sabido los populares ofrecer un plan atractivo y creíble. De las infraestructuras mejor ni hablar. Los tramos andaluces del Corredor Mediterráneo serán los últimos en estar en obras sin que PP y PSOE, dependiendo de quién gobierne, haya movido un músculo de su cara. Y ni los 100.000 millones de fondos europeos que le han llovido a Andalucía le ayudaron a converger con el resto de Europa con industrias más sólidas que el turismo y la vivienda. Lo que ha de preguntarse el PP es cómo es posible que con tanta corrupción, tanto paro, tanto retraso con el entorno y tantas lagunas en educación y sanidad, esté peor que nunca en las encuestas. Tal vez si se mirara al espejo encontraría la respuesta. Aunque esta vez, paradójicamente, la suma de dos fuerzas perdedoras les podría valer para desalojar al PSOE de San Telmo. Que le pregunten a Pedro Sánchez.

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