Con la venia

Fernando Santiago

fdosantiago@prensacadiz.org

El rayo verde

APURO mi copa de Vega Sicilia mientras observo desde mi penthouse la puesta de sol en La Caleta que ahora una revista de viajes ha elegido por votación popular la más bonita de España. No me extraña, lo que me extraña es que no se cite el rayo verde que suelo ver cada vez que me doy el lujo de mirar hacia poniente mientras el mar se va tragando esa gran bola de fuego, que cantaba Paco Rosado. Hoy ha sido con Vega Sicilia, algún día me atrevo con un whisky de malta 20 años en copa de balón, con hielo hecho a base de agua de Escocia. Estos momentos de lujo que la naturaleza nos regala hay que vivirlos con acompañamiento especial. A veces pongo en mi equipo de sonido Bose el canon de Pachelbel o el allegro de Albinoni, mientras me concentro en buscar el rayo verde. No puedo mezclarme con la chusma que se concentra en La Caleta, de pie sobre la balaustrada, algunos veranos incluso en cola. Como mucho me cojo una habitación en el Hotel Atlántico desde donde ver la puesta de sol sin la muchedumbre de menesterosos que se agolpan, los pobres, para disfrutar de una cosa gratis que se les ofrece. Ni siquiera serán capaces de ver el rayo verde que no conocen en la revista Condé Nast Traveller. Paco Alba lo debía saber, por eso lo han puesto mirando al sol poniente, con el cogote a la calle. Antonio Martín ya lo dejó escrito en la presentación de su comparsa Caleta "es el embrujo sobrenatural de esa diosa del mar que se llama Caleta" , a mí me pasa como a "Los bichitos de luz", que si ellos son marcianos yo nací en La Caleta, Hospital Mora y Doctor Fernando Muñoz mediante.

Ver la puesta de sol en una cama balinesa en mi ático junto a la playa, o incluso en el jacuzzi que me hice instalar cuando me lo compré, no puede ser igual que esperar un rato de pie sobre el Club Caleta.

Es la diferencia entre tener un yate y viajar en un crucero (cuando se podía) de esos donde van los tiesos estabulados como si fueran ganado. Como ir a un todo incluido o a una isla privada en Las Maldivas. Jamás me pondría entre la muchedumbre de perroflautas que quieren ver de gañote la puesta de sol(solo falta que algún político la inaugure como aquella Silvia López que lo hizo con una marea alta), qué horror. Lo mío es la categoría y el nivel, la clase y el buen gusto. Vale, el sol se pone para todos, pero cómo va ser igual saborear el bouquet de este vino con un posgusto a roble y un ligero sabor afrutado, con tapita de jamón Josélito, aquí relajado , mientras busco en el horizonte el premiado ocaso. Vaya al carajo la puesta de sol en el Ngorongoro, el Cañón del Colorado, la Gran Barrera de Coral, False Bay de Ciudad del Cabo, el Canal de Beagle o cualquier otro lugar del mundo. Hay que tener paladar y dinero, el resto es chusmerío.

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