LÍNEA DE FONDO

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El siete pulmones

Un concierto de un asturiano en Cádiz rememora la figura de Manolo Mesa, un símbolo gaditano en El Molinón

EL lóbrego cantautor asturiano Nacho Vegas, parco en palabras, hizo un intento en su actuación en Cádiz de congraciarse con el público local y agradeció a la ciudad el haber parido a Manolo Mesa, un símbolo del sportinguismo a la altura de Maceda o Ablanedo y solo un peldaño por debajo de Quini. Desconocedor de la idiosincrasia provincial, Vegas acababa de cometer un sacrílego error. Manolo Mesa no es de Cádiz, sino de San Roque, y jugó durante cinco años, tras salir de Gijón, no en el Cádiz, sino en el Xerez. Pero no hubo problemas. El público que acudió a escuchar las canciones del asturiano no tenía ni idea de quién era Mesa y dejó volar su perplejidad por la dedicatoria con un inquietante silencio. Vegas miró al público y, como el cristo en la pared, se encogió de hombros y siguió a lo suyo. Y yo me despisté. Porque Mesa era un tipo verdaderamente carismático, cuyo olvido fuera de las fronteras de Mareo, El Molinón y su propio pueblo, a cuyo equipo ha dirigido durante un montón de años, dice mucho de la evanescente gloria. De larga melena y aspecto un tanto patibulario, el Quillo o el Siete Pulmones, como le apodaron en Asturias, era un tipo que habitaba la banda sin ser extremo. Anticipaba movimientos de los que sería el fútbol actual, como es el caer a la banda para luego manifestarse por el centro. Mesa era muy bueno. Estaba llamado a formar parte del equipo de Santamaría en el Mundial de España, pero se quebró una de sus piernas como alambres y esa lesión fue la que hizo que hoy no aparezca en la memoria popular como uno de los jugadores de mayor talento de su época. El Sporting en el que él militó llegó a ser subcampeón de liga y no hay un solo seguidor gijonés que no le tenga en sus pensamientos. Es un hombre ligado a una camiseta. Desde San Roque, donde vive y donde tiene un campo que lleva su nombre, el campo en el que él entrena a sus chavales, sigue hablando de aquellos años, de la juventud de un muchacho gaditano, que no de Cádiz, en un paisaje mágico y brumoso. El Quillo bien merecería una letra de Nacho Vegas.

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