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Rafael / Padilla

Una promesa insuficiente

COMO las golondrinas de Bécquer, oscuras, intermitentes e inasibles, regresan las promesas electorales. Susana Díaz, amazona previsiblemente ganadora del cercano derbi andaluz, conoce como nadie las claves de su presunta victoria: no es casual, ni desde luego errada, su primera gran oferta al votante. Dice la Díaz que, de gobernar, bajará los impuestos, un guiño certero y liberal a esa maltrecha clase media que anda con la espalda quebrada. Lista como el hambre, no desconoce lo decisorio de semejante semillero de voluntades.

De los varios impuestos que proyecta modificar, me interesa hoy el de sucesiones, esa especie de lotería tributaria que, según donde residas, te amarga o te endulza el epílogo. No hay mejor ejemplo de la falacia constitucional: no todos tenemos los mismos derechos y obligaciones en cualquier parte del Estado. El guirigay autonómico ha convertido un tránsito natural (el de que lo tuyo pase a los tuyos) en cuestión de azar, de kilómetro arriba o abajo, incluso hasta del tiempo caprichoso -las normas cambian- en el que te de por expirar.

No se equivocaba el notario Magariños cuando, no hace mucho, subrayaba las incoherencias de un sistema desigual e inseguro. Es absurdo que esta concreta obligación fiscal pueda llegar a ser quinientas veces más gravosa para unos españoles que para otros. Tales diferencias resultan inasumibles. Como también lo son las múltiples escalas de gravamen y la dispar regulación de un asunto, el del morir, común e igualador como ninguno.

Sabe Susana que en Andalucía no lo estamos haciendo bien, que se disparan las renuncias y proliferan los casos en los que los herederos no pueden hacer frente al peaje legal. Tampoco ignora que las comunidades que han suprimido, o casi, tal impuesto, recaudan más que las que no. No puede ni debe ser insensible, en fin, a esa nueva realidad que nos reclama acabar con las limitaciones a la hora de testar y con las inaceptables consecuencias fiscales de premiar libérrimamente, llegado el día, a quien en verdad se lo merece.

El despropósito andaluz no puede continuar. Díaz apunta pero se queda corta. Permanezco a la espera de un titular -"La Junta elimina el impuesto de sucesiones"- que curiosamente ya leí en 2003. Sólo así, imitando a sus mayores, alargando aún más el tranco y liquidando este ineficiente adorno ideológico, terminará con el injusto agobio que, en las horas más tristes, sufren tantas familias nuestras.

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