Desde mi cierro

Pedro G. / Tuero

Sus primeros pasos

Cuando leía la pasada semana en este sorprendente Diario que el tranvía -esa fullera artimaña- daba sus primeros pasos, me acordé de mi nieto Raúl. Un niño encantador que, como todos a esa edad tan temprana, comienza a desplazarse de un lugar a otro de manera autónoma. Son esos primeros pasos la inquietud o el desasosiego para los que estamos a su alrededor y tanto lo queremos. Él nos mira y sonríe como diciendo: si el tranvía con ruedas da pasos, yo, que puedo darlos porque tengo unos pies para eso, por qué no. No os preocupéis que voy a andar más y antes que el tranvía.

Y no es, mi viandante lector, la primera vez, ni mucho menos, que escribo o lo intento sobre ese fantasma que le dicen tranvía y que ya en La Isla lleva nueve años sin aparecer. Sólo se dio algunas vueltecitas por la calle Real durante un par de días, de manera que todos lo vimos y después se esfumó. Luego, pasado un tiempo, ha apareció aquí, en las cocheras de Pelagatos, y dándose una vueltecita hasta la esquina, muy cerquita de su momentáneo o perdurable reposo. Ya que, según esta prensa, fueron unos cien metros los recorridos -larguísima travesía para unos primeros pasos-.

Y fue la delegada territorial de Fomento quien en sus oportunas declaraciones ante tan imponente ensayo llegó a decir que estas pruebas dinámicas -así se refiere a tal fruslería- contribuirían a una familiarización de la ciudadanía con el futuro sistema de transportes, y que se iría convirtiendo en un elemento cotidiano. Palabras de la señora delegada que me hacen reflexionar, porque pienso que esa cotidianidad ya está servida, tanto en La Isla como aquí, pues esa familiaridad con las vías y el coñazo de las sempiternas obras forman parte de nuestras entrañas, desgraciadamente. Pero todo y sin tranvía. Vías muertas sin ninguna esperanza de resurrección.

Por eso, le recuerdo a mi viajero lector, que ya hace tres años en un artículo más de este opinador de la cosa, titulado "Dos ciudades sometidas", decía: Dos ciudades sometidas por esos intereses y desmanes que esta torticera Junta ha perpetrado. Que vendió y casi convenció a tantos de que ese deseo de progreso y mejora se llamaba tranvía. Un tren o tranvía fantasma que sólo ha engendrado desconciertos y cabreos. Que ya habrá enriquecido a algunos y propósito consumado.

Total, un engaño más a los ciudadanos: eso de aparecer por Pelagatos o, en otro momento, ese recorrido por la calle Real; todo para tapar bocas y sosegar los malos pensamientos.

De todas formas, mi comprensivo lector, yo me sigo acordando de ese regalo que me ha dado Dios que es mi nieto Raulito y de ese sincero intento de sus primeros pasos. Porque él sí es de verdad para mí lo más cotidiano y familiar. Afortunadamente.

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