La tribuna

Ángel Rodríguez

Un, dos, tres... ¡primarias!

SÓLO muy de vez en cuando algunos partidos políticos se sacan de la chistera unas elecciones primarias. En las pocas veces que esto ocurre los argumentos a favor o en contra se vuelcan, sobre todo, en cómo pueden afectar las primarias al propio partido: para unos, loable expresión de una siempre escasa democracia interna, para otros una muestra de división que proporcionará una gran ventaja al adversario. Pero, ¿y a los ciudadanos? ¿Cómo afectan las primarias a los que no estamos en ningún partido y militamos sólo en el electorado? Mi opinión es que los electores -que es tanto como decir la democracia- saldríamos muy beneficiados si los candidatos de todos los partidos se seleccionaran mediante primarias.

Hace tiempo que sabemos que nuestro sistema electoral es muy perfectible. Aunque hay quien piensa que su mayor defecto es su déficit de proporcionalidad, yo creo que yerran en el diagnóstico. Un sistema electoral debe producir representación, pero también debe producir gobierno y posibilitar la alternancia, y el nuestro se las ha apañado bastante bien con estas tres exigencias (no siempre compatibles) durante los más de treinta años que lleva funcionando. Además, debe producir legitimidad, y también en eso parece que la cosa no ha ido mal: prácticamente nadie duda de que al gobierno -y a la oposición- les basta con la que le otorgan los votos que obtienen en las elecciones. Entonces, ¿dónde podemos mejorar? En mi opinión, en la selección de los representantes y en su relación con los ciudadanos. Ambas cosas se podrían lograr aumentando el papel de los electores a la hora de decidir quienes serán las personas que, dentro de cada partido, competirán en las urnas.

De manera muy sabia, los líderes de la transición decidieron potenciar los partidos políticos. Fue un gran acierto. Pero hoy el excluyente protagonismo de los partidos lastra excesivamente la calidad de nuestra democracia. El problema es que las alternativas que disminuyen ese protagonismo, como las listas abiertas, nos hacen temer un problema aún mayor: los clientelismos de todo tipo que han surgido en nuestro país cuando han cuajado iniciativas al margen de los partidos políticos consolidados. Sólo hay algo con menos democracia interna que un gran partido político: uno pequeño.

Si tuviéramos un régimen electoral en el que los partidos siguieran siendo los verdaderos protagonistas, pero al mismo tiempo la gente pudiera incrementar su capacidad para decidir quiénes iban a ser sus candidatos, nuestro régimen democrático saldría sin duda ganando. Ello sería posible con elecciones primarias, siempre y cuando se dieran, al menos, tres requisitos: primero, que ese método de selección de candidatos se generalizara; segundo, que pudieran votar en ellas no sólo militantes y dirigentes de los propios partidos (suponiendo que aún se pueda hacer esa distinción y que los unos no sean sólo, a veces incluso antes, los otros), sino todos sus potenciales electores. Tercero, y lo más importante, que nuestra clase política fuera consciente de que urge poner remedio a la cada vez mayor indiferencia con la que la mayoría de la gente les observa, y de que darles a los electores la oportunidad de decidir, con nombres y apellidos, quiénes serán sus grandes candidatos -los cabeza de lista- puede ser una buena forma de hacerlo. Además, puesto que hace tiempo que nos hemos convencido de que nuestro sistema productivo no podrá proporcionarnos en el futuro las cotas de bienestar a las que estamos acostumbrados si no lo hacemos más competitivo, ¿por qué deberíamos pensar algo distinto de nuestro sistema político?

La generalización de las primarias no sería, claro, ninguna receta mágica para resolver los problemas de desmotivación política de la ciudadanía. Pero sí supondría una profundización en nuestros aún poco consolidados hábitos democráticos, dándole a la opinión de los votantes más peso en la selección de sus representantes, y sería una manera más razonable que la que ahora impera -la abstención- de conciliar a la hora de votar los criterios ideológicos con la opinión que nos merecen los candidatos.

Entre las definiciones más o menos ingenuas de lo que debe entenderse por régimen democrático ("el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo", según Lincoln), y las más realistas ("el peor sistema político, si exceptuamos todos los demás", según Churchill y su insuperable toque british), podemos estar de acuerdo en que el mínimo para poder hablar de democracia es que el pueblo, aunque a la hora de decidir quien gobierna no pueda hacer mucho más que optar entre los que otros han seleccionado por él, debe poder al menos descartar con total libertad a los que no sean de su gusto. Las primarias serían una buena oportunidad para que la gente que se sienta conservadora o progresista pudiera decirle a los partidos a los que están ideológicamente próximos: si de verdad queréis mi voto el día de las elecciones, mejor no pongáis a éste a la cabeza de la lista.

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