Su propio afán

Hasta el precipicio

Ciudadanos se ha liado solo, como esos futbolistas que se regatean a sí mismos de tanto gustarse con el balón

Mi fuente en Vox, que es de alta montaña, me dice que en el partido no fingen su hartazgo por los desprecios continuos de Ciudadanos con la complicidad constante del PP, y que están dispuestos a dejar pasar esta oportunidad de cambio en Andalucía. Mi fuente de Ciudadanos, que es de valle y desembocadura, me cuenta que están por no rozar siquiera a Vox. El PP está -resabios del marianismo- a verlas venir.

La frustración en el electorado del centro hasta la derecha sería inmensa. Mi fuente de Vox me dice que qué le voy a contar, pero me explica que un partido que ha salido del armario a base de arrojo no puede permitirse que, a la primera oportunidad, lo echen al rincón del ninguneo con modales de bullying. No fue el estilo de Abascal ni ante los abertzales. Menos ahora que los doce diputados le dan la llave del Parlamento y el desastre nacional en Cataluña convierte a Vox en referencia ineludible.

El factor testarudez o testosterona o testiculitis de Vox hay que tenerlo en cuenta, por razones que están a la vista de todos, pero, sobre todo, es una cuestión de instinto de supervivencia. Si consiente en votar el pacto PP-Cs sin que cuenten con él para nada, trasladaría la praxis del mal menor de los votantes al partido. El votante de Vox diría: "Si del mal menor se trata -todo menos que siga el PSOE-, entonces dejadme que lo elija yo, quiero decir, o votar directamente al PP, si me importa más la gestión, o a Cs, si me importa más la cuestión nacional".

No hay que descartar esa trampa del PP y Cs; pero también Cs se ha liado solo, como esos futbolistas que se regatean a sí mismos de tanto gustarse con el balón. Tanto desdén a Vox, con Valls jaleando el cordón sanitario y presiones de los liberales europeos, imposibilitan un acuerdo a las claras. Pero a la vez está claro que los números no permiten otra opción.

La situación política andaluza se parece a esa escena de rebeldes sin causa (y es así: sin causa, porque no la hay ni programática ni constitucionalista) en que conducen a toda pastilla unos coches hacia un barranco, a ver quién salta primero. Apuesto a que al final saltarán todos, pero hay margen para el infarto. Por ahora están pisando a fondo los aceleradores. Para aumentar el suspense cinematográfico tenemos el descanso de la Navidad. Pasen ustedes una feliz y apolítica Nochebuena (pero aprovechen para cerrar en la cena sus apuestas con sus cuñados).

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