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En mayo de 2019, mucho antes del gran desastre, la Asamblea Mundial de la Salud de la OMS aprobó una resolución en la que urgía a los gobiernos de los países firmantes a compartir información sobre el precio neto de los fármacos. Hoy, a la vista del secretismo con el que se están cerrando los contratos de suministro de vacunas contra el Covid-19, resulta obvio que la recomendación cayó en saco roto.

A la sencilla pregunta de cuánto cuesta una vacuna de las que nos inyectan, no podemos ofrecer una respuesta cierta. Más allá de las escasas filtraciones producidas, el silencio es absoluto. Cubiertos por severas cláusulas de confidencialidad, los términos pactados en cada caso gozan de una impenetrable opacidad. Afirman las farmacéuticas que eso beneficia a sus clientes, ya que nadie querría ser señalado si obtiene mejores o peores arreglos que sus vecinos. Pero en la práctica, y a pesar de las ingentes inversiones públicas recibidas por estas compañías, el mecanismo acaba otorgándoles poder decisorio: si nadie sabe lo que pagan los otros, difícilmente se puede entablar una negociación equitativa y el resultado dependerá más de la capacidad adquisitiva del comprador, del montante del encargo y, al cabo, de la voluntad del vendedor que del coste real de lo adquirido.

El asunto es importante. Las cláusulas de confidencialidad dejan a los países con menos recursos en una situación de doble vulnerabilidad: no sólo afrontan serios obstáculos para conseguir vacunas en un mercado acaparado por los países más ricos, sino que muy probablemente terminarán pagando un precio más alto. Añadan que se observa también una masiva iniquidad en la distribución y comprenderán que la gestión global de la pandemia deja mucho que desear. Seguimos actuando como si el problema fuese nacional e ignorando que, de él, o salimos todos o no saldrá nadie.

Queda todavía mucho: tendremos que averiguar si el Covid-19 se convierte en un virus estacional o no; asimismo, desconocemos la eficacia temporal de las vacunas y, por supuesto, si las nuevas variantes de la enfermedad harán ineficaces las hasta ahora existentes. Pero, sea cual sea el escenario, lo único seguro es que las farmacéuticas, empoderadas como nunca, continuarán fijando las condiciones a su criterio. Ojalá que éstas, en su afán de estirar la cuerda hasta ponerla en trance de romperse, no olviden jamás que morir de éxito es una de las formas más estúpidas de morir.

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