El agua de la ducha calentada al sol para poner el final a uno de los infinitos días veraniegos de la infancia a finales de los 70. Olor a cemento mezclado con arena y humedad en la zona de casetas, fiambreras metálicas con filetes empanados, familias enteras conviviendo con los vecinos de al lado, niños perdidos, autobuses que sólo llegaban al antiguo Hotel Playa Victoria con sus azulejos verdes en la fachada, las olas en el Paseo Marítimo, los helados de Paco el alicantino, la playa sin banderas azules, los bingos eternos a un lado y a otro. La sociedad va cambiando y evolucionando y la playa de hoy en día no tiene nada que ver con la de hace años. Ni mejor ni peor, es simplemente diferente. La infancia veraniega no se borra del disco duro de la cabeza por más que pasen los años. Les pasó a los de las generaciones anteriores y también a los que han venido después porque la playa es nuestro gran tesoro.

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