El pío de la unidad

La romanidad los gaditanos la llevamos grabada por lo pagano y por lo católico, a cincel y a fuego sobre el alma

Por estrictas razones laborales he tenido que ir a Roma. Mientras ganaba el pan con el sudor de mi frente, disfrutaba las vistas. Mira que es impresionante Roma, ¡bellísima!, como dicen ellos sin exagerar un gramo. Tanto, que hay momentos en que te vuelves no vayas a haberte colado en el decorado de una película italiana. Otra vez pensé que los organizadores del curso habían montado un pequeño happening en mi honor. En una esquina, un señor perfectamente trajeado, orinaba como si fuese el figurante del famoso soneto de Alberti en Roma, peligro para caminantes: "Verás entre meadas y meadas,/ más meadas de todas las larguras:/…/ Las verás lentas o precipitadas,/tristes o alegres, dulces, blandas, duras,/ meadas de las noches más oscuras/o las más luminosas madrugadas". Qué detalle: recordarme a mi ilustre paisano.

Sin embargo, al síndrome de Stendhal y la intertextualidad portuense, se sobrepuso otro sentimiento más poderoso: el pío de la unidad. De pronto, me vi lamentando amargamente la caída del Imperio Romano. Como me caía cerca, fui a la columna de Trajano, otro paisano, a añorar viejos tiempos. Mi españolismo a ultranza tiene un punto flaco, que se llama Roma a machamartillo, y pienso que un imperio bien valdría ser provincia. Quizá no llegue a pensamiento político, pero es una corazonada.

Que nadie se apresure a llamarme cosmopolita, que me suena a revista y colorín. Inglaterra me apasiona, por ejemplo, pero como fruta del cercado ajeno, con la distancia del extranjero, que ya siento yo, y que, si no, ellos te recuerdan a cada rato, y está bien. Los italianos, en cambio, si les hablas en inglés, te miran atónitos. Prefieren el itañol, para ir tirando y gesticular a gusto. Y uno lo agradece, inglés aparte, por lo que tiene de complicidad fraterna.

Lástima que el itañol no me dé para contarle a todo quisqui que, en el circo romano, en el fetén, en el Coliseo, los únicos asientos reservados de los que se tiene constancia son unos donde grabaron: "Gaditanorum", para dejar claro que eran nuestros. O sea que en el mármol más pagano está grabada a cincel nuestra romanidad más clásica. Y en el alma, a fuego, nuestra romanidad más católica, gracias a Dios. Creo que siendo más papista que el Papa soy exactamente español y que con mi pasión romana no estoy siendo infiel a mi patria, pero si lo fuese, sería por Roma, y no por esta broma de los regionalismos mínimos.

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