El catamarán

Rafael Navas

Los pies en el suelo

SUEÑAN con pisar tierra, nuestra tierra, la del Sur de la vieja Europa que se recrea en su Historia, relame sus heridas y descuida su futuro. Llegan, si llegan, como los pájaros, por oleadas, en grupos sin distinción de edad, como sucede en las huidas. Muchas se quedan en el camino y pasan a engrosar las listas y estadísticas, que son la antesala del olvido.

Hace unos días, en las playas de Tarifa, la última (ojalá) tragedia de una patera volvió a sembrar de cadáveres el océano, no uno cualquiera, lejano e inexplorado, no. El nuestro. Llenó de luto y muerte las mismas aguas en las que nos bañaremos muy pronto, alegres y con trajes de atrevidos colores. La marea de la tristeza nos inundó hasta la cintura, pero pronto, demasiado pronto, se alejó, como hacen las mareas, dejando al descubierto nuestra más detestable forma de esconder los problemas: no podemos hacer nada.

Ellos, por contra, sí lo están haciendo por nosotros cada vez que se acercan hasta nuestras costas. Cada persona que pierde de esa forma tan cruel la vida es una llamada, un aldabonazo, a nuestras conciencias. Y son muchos toques ya. El efecto, como el de otras muchas tragedias, es efímero. Dura un tiempo limitado en el cual nos preguntamos qué sentido tiene todo y qué es lo que realmente importa en nuestra vida. Paréntesis. Otros 'problemas' atenazan al día siguiente nuestra existencia y hasta la siguiente tragedia. En el fondo, todos somos iguales y nos parecemos mucho. Ellos, los que se quedan en el sueño, están deseando poner los pies en nuestro suelo; nosotros, los que hace tiempo que no soñamos, desearíamos poder tener siempre los pies en suelo.

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