"No se puede ser más torpe, ya hay que ser tonto". El alcalde de El Puerto fue sentenciado nada más saberse que envió el polémico correo a sus jefes para seguir cobrando mientras se dedicaba a la campaña de 2015. Antes de que la oposición pidiera su cabeza, el personal le condenó no tanto por querer abandonar su puesto en la administración, para volcarse en pedir el voto sin perder sus ingresos, como por su infinita ingenuidad. Da igual si David de la Encina cobró o no cobró. Su torpeza es lo último que se perdona en el país que inventó la picaresca y que no pasa por alto, ni en la barra del bar ni en la oficina, que en estos casos tan descarados, encima se deje rastro. Estamos tan acostumbrados a los escándalos de corrupción, que los casos de enchufismo no son noticia, a no ser que te pillen. Eso nunca. En ese país puedes colocar a tus primos y cuñados por la cara. Muchos te darán palmaditas en el hombro para indicarte, por lo bajini, 'a ver si te acuerdas de lo mío'. Pero si la pifias y te denuncian, los mismos cobistas que te pedían el favor, te llamarán necio.

Como si todos supiésemos de qué va esto, la primera pregunta que asaltó a todos, en el caso del regidor portuense, fue la misma: ¿A quién le ocurre pedirlo por escrito y no cara a cara? Este error de cálculos causó más sensación que su atrevimiento. Aparentemente, De la Encina parece un hombre suave y pulcro, algo tímido y ajeno a los arrebatos. Como en realidad no conocemos las aspiraciones de los alcaldes y candidatos, sólo pensamos en lo que no han de ser. No nos gusta que hagan el ridículo, ni que se señalen, como Suárez Illana con el aborto; ni que sea alguien respetado en su profesión, como el rector: "Ni se te ocurrirá presentarte", le dicen los suyos. También vetamos a los radicales. Y al final nos resignamos con cualquiera, por insignificante que sea, sin importar el talento ni la capacidad.

Las críticas más afiladas contra De la Encina no apuntaron a la cuestión de fondo, doblemente grave al ser cargo público. Y es porque parece que aquí se compadece antes al listillo que vive a costa del contribuyente, que al cándido. Puede que De la Encina convenza a parte del personal de que sólo quería un horario más flexible. Pero no será tan fácil que le quiten los calificativos que él mismo usó para definirse: "Torpe e ingenuo". Son tantos los escándalos de todos los colores, que ningún partido está legitimado para señalar al rival. Hay tanta gente que cobra sin dar un palo al agua en la administración, que ni nos acordamos. Y está todo tan institucionalizado, que el Parlamento no permite a Teresa Rodríguez devolver las dietas en su ausencia por maternidad. La sociedad asume con naturalidad que la clase dirigente abusa de su poder, y los partidos no hacen nada por impedirlo. Su imagen sería otra si apartaran del cargo a aquellos sobre los que pesan graves acusaciones en vez de sostenerlos hasta que los pillan con las manos en la masa. La figura del político está tan denostada, que cada vez se suman más personajes excéntricos a las listas. Huérfanos de líderes carismáticos y honestos, y convencidos de que la mayoría se come las uvas de dos en dos, al menos nos queda el consuelo de la risa floja. Claro que rápidamente caemos en la cuenta de que los políticos son fiel reflejo de la sociedad, y se nos borra la media sonrisa de un plumazo.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios