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José Antonio Carrizosa Ismael Yebra

Los peores instintosLA tiranía informática

Terminaremos pagando un precio por esta ola de populismo barato que se levanta a izquierda y derechaLos tecnócratas hablan su lenguaje y no se esfuerzan lo más mínimo en que se les entienda

Progresamos adecuadamente: ya nos vamos por el No pasarán y el Madrid será la tumba del fascismo. Pronto escucharemos lo de Ya hemos pasao e incluso lo de Rusia es culpable. Estamos despertando los peores instintos de un país que nunca los tuvo demasiado buenos. Terminaremos pagando una factura por esta ola de populismo barato que se levanta a derecha e izquierda y que se exacerba por la permanente tensión electoral que soporta el país. Lo que está pasando ahora en torno a las elecciones de Madrid, con sus discursos maximalistas que llaman a la fractura civil, o a la moción de censura en Murcia, con la compra descarada y a plena luz del día de voluntades, no es nuevo, pero sí supone un paso más en una deriva que se arrastra desde hace ya muchos años. Empezó en la crisis de 2008, con la ruptura del modelo bipartidista que había convertido a España en una democracia que no tenía nada que envidiar a las más avanzadas del mundo. La aparición de los dos nuevos partidos, Ciudadanos y Podemos, que ahora se debaten cada uno en una crisis de dimensión diferente, fue fruto de la frustración social que trajo la crisis y también de los propios errores que habían cometido antes populares y socialistas, que gastaron años y esfuerzos para destrozarse mutuamente sin ser conscientes del daño que le hacían a la democracia. El sistema se basa en la confianza de los ciudadanos hacia las instituciones. Y eso fue lo que se quebró.

Pero ni Podemos ni Ciudadanos trajeron aire limpio a la política ni ayudaron a recobrar esa confianza. El primero por su sectarismo propio de la política de hace un siglo y el segundo porque sólo ha sabido perpetrar desatinos. Por si nos faltaba algo, la aparición de Vox hace dos o tres años terminó en enrarecer el clima. El resultado lo tenemos hoy por delante: un panorama polarizado y radicalizado en el que es imposible escuchar voces razonables. El deterioro de la situación ha hecho que tengamos la peor generación de líderes de los últimos cuarenta años y que se actúe as golpe de tuit o de comparecencia televisiva.

Si este panorama ya sería alarmante para la salud democrática del país en una situación más o menos normal, en la actual crisis sanitaria, económica y social es todavía peor. Un día sí y otro también da la impresión de que no hay nadie en el puente de mando y que la nave se dirige sin rumbo hacia no se sabe dónde.

LA historia de David y Goliat no deja de ser un simbolismo que resulta agradable oír, sobre todo a los débiles. En su momento podría haber sucedido tal como lo cuenta el relato bíblico, no niego que tenga una base histórica, pero en los tiempos actuales no deja de ser una narración agradable de leer que proporciona conformidad. Actualmente sería imposible algo así, por mucho que la situación se disfrace con falsas esperanzas. Todo está atado y bien atado.

Las guerras las ganan los que tienen las armas más eficaces y modernas, no los que llevan razón. La tecnología actual, no podía ser de otra manera, favorece de forma apabullante a quién pueda disponer de ella en su versión más avanzada y solo llegan migajas a la casa del ciudadano normal. Los jóvenes juegan con la ventaja de haber nacido con internet, ordenadores y móviles integrados en su hábitat, como a mi generación le ocurrió con el coche, la lavadora o el frigorífico, pero son muchos y no necesariamente octogenarios, a los que les cuesta trabajo moverse en el mundo informático.

La sabiduría, el saber en general, pocas veces se utiliza con fines altruistas. Ni siquiera los avances médicos están al alcance de todos en muchas circunstancias. En cierta ocasión le oí decir a un reconocido profesor de Medicina, que mucho más importante que descifrar el código genético era el código postal. Y no le faltaba razón. De qué sirven ciertos avances tecnológicos si a usted no le llegan ni está en disposición de acceder a ellos.

Los tecnócratas hablan su lenguaje y no se esfuerzan lo más mínimo en que se les entienda. Tal vez piensen que en ese misterio estribe su consideración. Tenga usted la edad que tenga, sea usted lo avispado o torpe que sea, tiene la obligación de tener internet en casa, saber manejarlo y a través de él hacer la declaración de la renta, realizar transferencias bancarias, pedir cita para una revisión médica, sacar billetes de tren o adquirir localidades para asistir a un concierto y pagar recibos a través del cajero automático, no le queda otra. O aprende usted o búsquese un hijo, un nieto o un amigo que se lo haga. Y lo más gracioso de todo: usted paga la conexión a la red, hace el trabajo administrativo y encima, le cobran por el servicio. Díganme si no es una tiranía total de la que es imposible escapar. Goliat ahora, vence siempre a David por goleada. No se haga ilusiones.

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