¿Qué pensaría Carrillo?

El debate de mujeres tuvo una lectura a largo plazo sobre la que nos conviene reflexionar también hoy

Esa pregunta a dos carrillos que se hizo Ana Pastor, no la de la Sexta, que todavía, sino la primera de su nombre, la del PP pata negra, la de la experiencia de gobierno, íntima de Rajoy y segunda de Casado, puede servirnos para ponernos en espíritu para la jornada de reflexión. Soltó su pregunta, además, en el aniversario de la matanza de Paracuellos, ayudándonos a reflexionar sobre los efectos amnésicos de la memoria histórica.

El debate de mujeres fue mejor que el masculino por muchos pequeños detalles como éste, tan clarificadores. No, por supuesto, por ninguna condescendencia hacia las mujeres. De hecho, yo hubiese preferido dos debates mixtos. Les ha salido un alegato a favor de la educación diferenciada, de la que yo soy partidario, pero a otras edades.

Fuera de esa diferenciación casi escolar y quitando a las sendas Pastores, el resto de las participantes estuvo bien. Ninguna perdió votos, ni siquiera María Jesús Montero. Irene Montero y Rocío Monasterio no arañaron demasiados votos nuevos, pero reafirmaron los que ya tenían, que a estas alturas y con un formato tan difícil, no es moco de pavo. La mejor fue Arrimadas, y eso, que influirá algo en las elecciones de mañana, influirá mucho más pasado mañana.

Otro detalle indubitable fue la constatación práctica del efecto expansivo del debate político que ha tenido la aparición de Vox. Nadie se atrevió a negar la necesidad de endurecer las penas a los violadores. Y las autonomías salieron a la palestra, aunque el PP y PSOE, lógicamente, las defendieron como un solo hombre. Inés Arrimadas sostuvo con brillantez la necesidad, puesta sobre la mesa por Vox, de limitar tajante y legalmente la influencia de los partidos nacionalistas en la política nacional y calló, como el PP, esto es, como quien otorga, sobre la posibilidad de ilegalizar a aquellos partidos que atenten contra la soberanía nacional. Se presumió del modelo andaluz de pacto a tres sin los remilgos antiguos.

El debate, más allá de su hipotética traducción electoral, tiene una lectura a largo plazo sobre la que nos conviene reflexionar también en esta jornada adhoc. Estamos cambiando de tercio en nuestra democracia. Pese a alguna tensión dialéctica, está resultando un cambio más pacífico que el del 78 incluso. Los debates que se habían enterrado en la cocina están volviendo a la luz. Realmente, queda en el aire esa pregunta: ¿qué pensaría Carrillo?

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