La mayoría de las veces los redactores cubrimos acontecimientos agrios, desagradables o simplemente insulsos. Por eso, cuando damos fe, bolígrafos o cámaras en mano, de situaciones felices nos vamos a casa de alguna manera reconciliados con nuestra profesión. A mí me ocurrió eso el pasado martes en el estreno del Mercado de la Paz. No me van a dar premio alguno por ese reportaje ni el tema era como para romper audiencias, pero salí de allí con la sensación de haber sido testigo de un día histórico para muchas personas. Fui notario de la alegría de paisanos que se reencontraban con su mercado de toda la vida y de fruteros, pescaderos o carniceros que regresaban a la que siempre fue su casa. Ese día vendieron más abrazos y besos que tomates, pescadillas o solomillos. Estaban haciendo barrio entre todos, cada uno a su manera. Dicen que la felicidad va por barrios. Y el martes le tocó a La Paz.

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