NADIE conoce su destino. Es un misterio. Quizá ésa sea una de las esencias que le dan sabor y esperanza a la vida. Porque toda vida puede cambiar en un golpe de ola. Ni los plásticos saben dónde terminarán, aunque el hombre haya predestinado su meta. Ni los barcos cuyo rumbo preestablecido les vaya a llevar a un puerto concertado. Las manos que crean una obra tampoco saben qué será de esa pieza que manipulan, aunque su diseño esté consignado a un expositor. Nadie sabe qué le depara la vida ni los días. Las agujas de reloj pueden torcerse a la vez que un tobillo o cuando un coche ha salido media hora antes que tú para atropellarte. Nadie sabe qué hará en la vida hasta que los demás la despidan por él. Sólo cuando terminas puedes ajustar tus cuentas. Ver el cuadro completo que has venido a pintar, dice un querido amigo mío. Ni los seres humanos, ni los animales, ni los propios objetos manejados por la voluntad del hombre, construidos para una labor humana.

El destino de un juguete parece sencillo. De la fábrica a la tienda y de allí a las manos de un niño. Un patito de goma, de esos que se meten en la bañera, en apariencia no tiene más destino que provocar la sonrisa de un niño mientras chapotea en la pila. Ahora se ha sabido que una tremenda tormenta desatada sobre las Islas Aleutianas el 10 de enero de 1992 tumbó doce contenedores de un carguero que desde Hong Kong navegaba a Washington. Uno de los cajones se abrió, liberando sobre el agua 28.800 patitos de goma de color amarillo. En medio del océano quedaron flotando con sus picos sonrientes, sin niño que los volteara.

Su destino cambió. Ni Papa Noël, ni los Reyes, con su magia, podrían rescatarlos. Un golpe de mar derivó su función, ahora para dar juego a una pila de mar que une mares en nuestra gran bañera global. Diecinueve flotando por los mares y varándose en cientos de playas borraron su color. Pero no su sonrisa. El escritor estadounidense Donovan Hohn supo de tan conmovedora historia que ha llevado a imprimir en un libro (Moby Duck de Amazon) en el que cuenta que esos casi treinta mil patitos sirvieron durante años para que los oceanógrafos estudiaran las corrientes del mar. Curtis Ebbesmeyer estudió la navegación de los patos. Entre los que desembarcaban en playas y los que aún siguen nadando por Alaska, Escocia, Hawai o el Ártico, consiguió definir la corriente constante y circular del Pacífico Norte, hasta concluir que un objeto tarda tres años en completar el ciclo.

Aún hoy hay patitos en las playas y los mares con destino incierto, ya que ni en la mano del hombre uno tiene demarcado su destino final. Quizá, de todos los posibles, el más inquietante y misterioso.

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