Acabamos de celebrar la Feria Internacional del Turismo y la pregunta, como siempre, es si tiene sentido que cada alcalde de esta provincia se plante bajo el mismo recinto con su comitiva para vender las excelencias de su municipio, como si estuviera en un mercadillo. Por fortuna, ya quedan lejos los tiempos en que cada localidad disponía de su 'stand' para presentar su oferta, dirigida a reforzar su propia imagen. Pero al margen de la agenda particular de cada regidor, que sí tiene más provecho, todos participan en el empacho de presentaciones -este año han sido casi sesenta- y los pobres profesionales se despistan. Eso sí, como mal menor, la mayoría ya acepta que lo mejor es apostar por una proyección conjunta con la batuta del Patronato de Turismo de la Provincia. Ése es el camino. Porque por más que cada alcalde aproveche al máximo los 15 minutos de que disponen para su promoción, el retorno comercial brillará por su ausencia. El impacto que por ejemplo tuvo la publicidad gratuita que le hizo a la provincia The New York Times suma más que cinco ferias juntas y encima nos salió gratis.

Fitur se ha consolidado como el mejor espacio global en el que los expertos y los empresarios del turismo se pueden sentar a negociar con los mayoristas, las grandes agencias y los touroperadores. Ellos se reúnen al margen de las cámaras para compartir experiencias e ideas y analizar las tendencias que ayuden a consolidar el destino desde el conocimiento y las nuevas tecnologías. Pero como afirma el analista de mercados Antonio Arcas de los Reyes, "en Cádiz tenemos los mejores tomates pero aún no sabemos cómo fabricar el ketchup". Nuestra provincia es tan rica que no nos lo creemos bien y seguimos perdidos. Su abanico de posibilidades es tan amplio que podría competir al máximo nivel con los mejores destinos, pero es tan potente el localismo de nuestra provincia y está tan politizada la administración, que cada uno va a lo suyo, como si de una campaña electoral se tratara: Susana Díaz con el ex consejero del ramo por un lado; el vicepresidente de la Junta, Juan Marín por el suyo; el presidente andaluz, Juanma Moreno, en paralelo, y por último el presidente del PP, Pablo Casado, con su séquito. Esto se traduce en que los auténticos profesionales acaban más pendientes de las líneas que marcan los gobiernos de turno que de nuestras auténticas posibilidades.

Una vez que pisa Cádiz, el visitante es incapaz de distinguir las fronteras entre Chiclana y Conil o entre Sanlúcar y Rota. El turismo es puro servicio, y ahí es donde nuestros dirigentes sí que pueden aportar: agilizando los trámites burocráticos y mejorando la señalización, la seguridad y la limpieza, por ejemplo. En función de ello, la respuesta de los turistas varía cuando regresan a casa y le preguntan 'qué tal te lo has pasado'. Mención aparte merece el capital humano, pero para contar con los mejores profesionales de la hostelería hace falta un tejido industrial que invite a volver a aquellos que hace lustros que se buscaron la vida en otras latitudes. También habría que analizar la falta de camas. Pero lo que nadie puede discutir es que Cádiz tiene atractivos de sobra para combinar cada año tres de sus mejores marcas y meter al resto bajo su paraguas a la hora de anunciar su oferta: desde sus playas a la Sierra pasando por su gastronomía, su Carnaval, su oferta de ocio, el circuito, sus vinos o su historia. Mal vamos si queremos vender en Fitur, a la vez, hasta una granja escuela de la pedanía más remota. La competencia es feroz y en los pequeños detalles está la diferencia. Lo malo es que con tanto paseíllo de los políticos haciéndose selfies es casi imposible distinguir una cosa de la otra.

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