Que al ser humano haya que regalarle una bolsa para echar las cáscaras de pipas en lugar de arrojarlas al suelo, dice muy poco del género. Y como (para muchos) una Semana Santa sin pipas (y sin arvellanas, refrescos, patatas o bocadillos) no es una Semana Santa, tiene que llegar el Ayuntamiento de turno para decirles pero sin decirlo, como si esto fuese Barrio Sésamo, como si fuesen niños pequeños, que no, que mira, que está pasando una cofradía con unos señores que hacen penitencia, en algunos casos con los pies descalzos. Y se hacen pupita en las plantas. O la segunda lección: no se puede acampar en un cruce de calles con sillas plegables durante horas. Porque, mira tú, puede ocurrir algún percance y se necesitan salidas expeditas para ambulancias o bomberos. Y faltaría la tercera lección: no vaya usted a ver procesiones como si fuese un domingo a la playa.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios