Casi todo el mundo ve la alargada mano de Pablo Iglesias detrás de la comisión de la verdad, porque le declaró la guerra a la prensa desde el primer día. Pero lo que ya le gustaría no es fulminar a los periodistas con la vista para repartir propaganda sin preguntas incómodas. Lo que conmueve al vicepresidente del Gobierno es la idea de levantar su propio Palacio de los Sueños en el que cada españolito estaría obligado, cada mañana, a enviarle un informe de lo soñado por la noche, como sucedía en la tan extraordinaria como inquietante novela de Ismail Kadaré. Puestos a censurar, Iglesias lo haría a lo grande y no se conformaría con una simple comisión de noticias falsas, que no dará abasto ni con los embustes de Pedro Sánchez: "Con Bildu no pactaremos", nos dijo el presidente. Ahí sigue también, ignorado por todos, el Consejo de Transparencia y Buen Gobierno denunciando un día y otro a Sanidad por poner zancadillas para acceder a la información pública y nadie mueve un dedo. La máxima autoridad en el estado de alarma no responde ni ante el órgano oficial de la Administración que vela por la ley de transparencia. Quizá se deba a que el Gobierno no quiere que la mano izquierda sepa lo que hace la derecha y viceversa. Pero ya sabemos, al menos, cómo logra el ministro Illa aguantar la presión: no dando cuenta a nadie.

Iglesias tal vez vería colmadas muchas de sus aspiraciones con un palacio a imagen y semejanza de ese turbador organismo estatal que imaginó el escritor albanés, en el que los sueños y el inconsciente colectivo son analizados y censurados. ¿Para qué andarnos con chiquitas? Esta institución daría con la fórmula para interpretar con qué sueña la sociedad mucho antes que todos los oráculos de Delfos y los profetas y adivinos juntos. Los funcionarios de palacio vigilarían y seleccionarían los sueños que pueden prevenir la desgracia del Estado, casi lo único que le faltaba al feroz régimen comunista que dirigió con puño de hierro el dictador albanés Enver Hoxha. Aunque el líder de Podemos igual no logra acumular tantísimo poder, nunca ha ocultado su pasión por rastrear los acontecimientos, en particular los pasados, para controlarlo todo. Ni la encuesta del CIS, ni los oscuros informes policiales: nada como analizar a fondo los sueños del personal para pulsar la situación del Estado.

Huelga decir que hay que perseguir las noticias falsas, los insultos salvajes y las acusaciones infundadas. Pero el periodismo es otra cosa. Si el Gobierno sólo quisiera erradicar las campañas que intentan poner en jaque a las instituciones de manera orquestada, pactaría con la oposición para enterrar todos juntos los artefactos mediáticos y populistas, y no situaría al frente de la comisión de la verdad al mismo órgano que se encarga de su política informativa. También daría ejemplo contándonos -por ejemplo- a qué se refieren los líderes de Bildu al hablar de tumbar el mismo sistema que les permite ser. El dictador albanés era tan dogmático que acabó criticando los regímenes comunistas con los que tanto sintonizó, caso de Rusia, China y la Yugoslavia de Tito, demasiado aburguesados para su gusto. De haber sabido que Iglesias soñó con un chalé, tampoco lo habría admitido en su club, ¿verdad?

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