Una oportunidad histórica

A Sánchez le guía su ambición y la derecha actúa como quien asiste a un atropello y en lugar de ayudar se pone a gritar

PEDRO Sánchez espanta hasta a los suyos porque falta a la verdad sin escrúpulos. Le da igual que los nacionalistas abandonasen su ambigüedad de antaño, la que servía de coartada para pactar con Pujol, para abrazarse al independentismo sin reservas. Sánchez está tan decidido a agarrarse al poder, que no le importa bailar desnudo y tan sumiso al son de ERC. El precio es que no parece el tipo ideal para perderte en mitad del océano, a bordo de una barquita, con dos latas de atún, pero le resbala. Tampoco sus oponentes brillan como estadistas. Ellos actúan como quienes asisten a un atropello y en lugar de ayudar sólo saben gritar.

Si la situación les parece tan grave, PP y Cs, incluso Vox, pudieron protagonizar ayer el mayor acto de patriotismo ofreciendo sus votos al PSOE, desde la tribuna, a cambio de aislar a los independentistas. ‘Aquí tiene nuestro voto, España no puede ser rehén del independentismo mediante un pacto aderezado con el populismo’. Como mínimo, habrían retratado a Sánchez. Y el acuerdo con el PSOE nunca hubiese sido más complicado que el que tanto repudian. Casado puede escudarse en que Sánchez no respondió a su llamada, pero apelar a una llamada perdida, parece infantil. Y en cualquier caso, la derecha no puede asustarse porque Sánchez acaricia su investidura gracias a los secesionistas. ¿Qué habría dicho esta derecha tan indignada de las negociaciones entre los ministros nacidos del franquismo con independentistas y nacionalistas y comunistas exiliados en lo que vino a llamarse la modélica Transición? ¿También las habrían vetado?

La derecha no disimula su regocijo al ver cómo se arrodilla el PSOE. Fuera de órbita, acusan a Sánchez de traidor por entregarse a quienes no respetan la Ley. No le perdonan, como si fuese el único pusilánime con el independentismo, que amplíe la brecha entre las regiones más ricas y las de segunda. Y lo quieren crucificar por permitir que el Estado acepte una consulta popular sobre el futuro de Cataluña. La ambición de Sánchez sólo es comparable a su falta de amor propio, y va de suyo alterarse por esta consulta, como cuando un radical quema una foto del Rey o una bandera española. Pero no conviene caer en el españolismo barato, que alimenta a los independentistas radicales. Hay que atacar al núcleo de la cuestión catalana sin perderse en los detalles. Todo eso de criticar que se sienten a hablar como iguales Gobierno y comunidad, o que se hable de conflicto político en lugar de llamar a las cosas por su nombre, está bien.Pero todo lo que se viene perpetrando en los centros de enseñanza de Cataluña desde hace décadas, cuando la derecha hablaba catalán en la intimidad y el PSOE ayudaba a crear embajadas en el exterior, ha sido mucho más letal para la Constitución y para la convivencia, y nadie, ni siquiera a la derecha, parecía alterarse entonces. Ni PP ni PSOE movieron un músculo de la cara cuando los independentistas más sibilinos moldearon el pensamiento de generaciones y generaciones cortando amarras con España de raíz e impunemente. Ahora, tantos desmanes y aspavientos, sólo dejan en evidencia a una clase política que no puede ser más oportunista, ineficaz y cortoplacista, a diestra y siniestra.

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