Su propio afán

Contra la obsesión

La obsesión no nos deja poner la mente en blanco: nos vuelve a la cabeza sin avisar y por defecto

Llevo tres años escribiendo a diario en el Diario y explicando a diario a los amigos, conocidos y saludados que hacerlo, además de un privilegio, es una facilidad. Cito a nuestro maestro en estro, Francisco Bejarano, que explicaba muy bien que, cuando uno escribe una vez a la semana, como yo estuve haciendo diez años, tiene que escoger entre la multitud de temas que se le abren en abanico a sabiendas de que aquel con el que se quede será la cara pública que se le quedará durante siete días. En esas circunstancias, se hace muy difícil atreverse con asuntos más ligeros (como éste). En cambio, el que escribe a diario no tiene que preocuparse del tema, porque bastante tiene con coger por los pelos el que se le presenta, que pintan calvo, sabiendo que cada día tiene su propio afán, y que mañana será otro día.

Lo que no me esperaba, a estas alturas, es encontrar un nuevo argumento a favor del artículo a diario. O que el argumento me encontrase a mí. Se trata de un beneficio psicológico indudable. A menudo, alguna dificultad personal o profesional o un disgusto o un proyecto atascado puede obsesionarnos. Yo noto la gravedad de esa obsesión cuando eso se convierte en mi pensamiento por defecto, que dicen los informáticos. La mente en blanco enseguida se me emborrona con los nubarrones del problema.

Y ahí aparece el artículo diario, al rescate. Aquí no puedo venir a contarles mis penas si ésas no tienen un ángulo desde el que puedan ser de interés común, extrapolables como mínimo a la pena particular del lector. Y si acaso me dejo caer una vez, al día siguiente, o sea el mismo día en que sale publicado el primer artículo, cuando ya estoy escribiendo el siguiente, tengo que cambiar de tercio, pues repetirse es lo antepenúltimo y aburrir lo penúltimo. (Lo último, mentir.)

El artículo diario, en definitiva, te fuerza a forzarte. Tienes que salir de ti. Y eso es justo y conveniente. Por suerte, esta conclusión es extrapolable. Aunque usted no escriba a diario, sí puede hacer el mismo esfuerzo por cambiar de tema ante su cónyuge, sus hijos, sus amigos o sus compañeros. Tal vez se lo agradecerán muchísimo. Su propia inteligencia también. Hay una paradoja a la que no nos enfrentamos cara a cara, quizá porque se nos caería la nuestra de vergüenza. Lo que nos importa no es casi nunca lo que importa. Quitar el "nos" y el "no", qué saludable ejercicio. Que importe lo que importa.

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