Tengo una nieta. Hablé de ella aquí, cuando nació, el día de la huelga general de Delphi. Ni un café en el interminable día de paritorio. Qué día tan triste para Cádiz y qué feliz para mí y los míos. Dije su nombre entonces, Claudia. Me sorprendía mucho cuando me preguntaban por ella los amigos, los lectores. Llamándola por su nombre quiero decir, pero que lo dije yo. Pronto hará un año. ¿Es la niña de Rajoy? Sin duda. Es la niña a la que ya le están buscando guardería, pensando en el colegio que le toca, oteando el futuro que tendrá -que es humano todo ello- y que forma parte sin duda de muchas de las cosas que se han dicho en la campaña cuando no se han dicho a la cara lo que se han dicho. O sea, que va a tener una habitación con una cama en el hospital, un ordenador en el colegio, un bilingüismo completo, más kilómetros de autopista sin peaje, el trasvase del Ebro, otro informe PISA más benigno, mejores Euríbor en la hipoteca, qué sé yo. La niña de Rajoy, aunque lo hayan puesto de cursi y servido de rechifla en los mítines contrarios, es mi nieta. Porque si no trabajamos para Claudia, y para tu hija recién nacida, amigo lector, y para los nietos de todos, entonces, nada, vaya cosa inútil la democracia, el pagar impuestos, el sentarse delante de la tele para ver los debates y el salir el domingo a votar con la convicción de estar haciendo lo que se debe, lo que hay que hacer, lo obligado. Porque va en ello la niña de Rajoy y va en ello el futuro, el nuestro, el de todos.

La niña de Rajoy puede ser como la abuela de Manuel, que se ha partido una cadera y está en una residencia de ancianos, que le cuesta a la familia un esfuerzo pagarla, pero no importa, todo es poco para ella. El problema es que no hay camas suficientes para todas las abuelas y todos los abuelos que lo necesitan, y también para ellos habrá que hacer algo. Es lo que se dirime el domingo, el hacer, el quehacer de cuatro años intensos, irrecuperables y definitivos. Quiero decir que es como una corriente subterránea fundamental, no la hojarasca de las descalificaciones, los ataques, el sectarismo y todo lo malo que tenemos que la política saca fuera. Antes al contrario, hablo de lo noble, lo sagrado que hay en la votación del domingo, en la encomienda que haremos los españoles a quienes se han ofrecido para administrar nuestros patrimonios. Democráticos, económicos, de futuro.

La niña de Rajoy se merece que la tomemos en serio todos, porque es la esperanza, la realidad que quisiéramos para España. Y el lunes, tan amigos. Pase lo que pase.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios