Muere Jesús Quintero Cuando una chirigota del Carnaval de Cádiz se disfrazó del Loco de la Colina

El titular de un diario nacional de gran tirada expresaba algo parecido a esto: "La cifra de fallecidos diarios en España por Coronavirus cae a 517". No es el dato concreto el que nos llama la atención, ni la supuesta veracidad de la noticia, ni siquiera su disimulado optimismo, dejando caer suavemente mediante el verbo adecuado la ansiada mejoría de la situación sanitaria y social que nos aterra, desde el colapso insoportable de hace apenas una semana, con hospitales de campaña y morgues improvisadas sobre pistas de hielo para un millar de muertos diarios, hasta estos niveles más llevaderos dentro de la catástrofe.

Lo que sorprende de esta y otras noticias que diariamente nos llegan a nuestra casa es su falta de tono, su exposición anodina y lineal, como de trámite, episodios inevitables de esta mala serie interminable en que se está convirtiendo la maldita epidemia. Hasta ahora, teníamos fama precisamente de lo contrario, de hacer visible el óbito por conductos diversos, ricas esquelas, sentidos obituarios, emotivos homenajes… "En España enterramos muy bien", solía decir con fino sentido del humor el recordado socialista (y más ahora) Alfredo Pérez Rubalcaba, para sentenciar cierta hipocresía social que elogia al finado cuando hace apenas un cuarto de hora estaba vistiéndolo de limpio.

Nunca es bienvenida la muerte, y siempre lleva aparejada su parte de misterio. ¿Por qué? ¿Para qué? Estas que nos trasladan los telediarios con la misma expresividad que encontramos en las noticias del tiempo, tienen el componente añadido de un sonoro silencio que suena demasiado a incomodidad, a miedo, cuando no a ocultación. Cuando todo esto acabe (que acabará, más pronto que tarde), la mancha indeleble que quedará no será el incómodo confinamiento, ni su estela de frustración y pobreza, ni siquiera la falta de previsión ni la incapacidad manifiesta de algunos.

El fallecimiento en soledad de tantas personas abandonadas a su suerte sin un puñetero respirador made in China al que acogerse, entre cuatro paneles y afanados profesionales desbordados, representa mejor que nada el gran fracaso de la sociedad del bienestar de la que tanto nos gusta presumir, y multiplicada por miles produce un grito estruendoso y ensordecedor, imposible de amortiguar por muchas versiones que suenen voluntaritas y bienintencionadas cada tarde en nuestros balcones.

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