Su propio afán

Contra la moralina

Gabriel Rufián ha detectado que el discurso moralista de la izquierda empiezaa hacerle daño

El cambio de tendencia es evidente para aquel que tenga ojos y oídos. Las huelgas ya ni las convocan ni las controlan los sindicatos, hundidos en su prestigio; el Gobierno va como pollo sin cabeza, dividido; la calle abronca a Sánchez y sus apoyos parlamentarios titubean. Hasta Rufián ha parafraseado a su doble colega (catalán y republicano) Estanislau Figueras i Moragas cuando dijo: "Señores, voy a serles franco, estoy hasta los cojones de todos nosotros".

En su paráfrasis figuerosa, Rufián fue más refinado, pero añadió algo que demuestra su enorme intuición. Porque confesémoslo pronto: la verdad es la verdad, la diga Agamenón o Rufián. Y éste rogó al Gobierno que se dedicase a la utilidad y se dejase de moral. Lo clavó. La ingeniería social, el adoctrinamiento de género, el señalar chivos expiatorios, la memoria histórica, el odio a Occidente y toda la pesca son, Rufián dixit, «moral», o sea, el programa ético alternativo que propone el progresismo. Ante ese fenómeno, Rufián reconoce:

1) Que la ciudadanía está muy cansada del proyecto ideológico. Tanto que lo que nació como propaganda y acción política empieza a ser entorpecimiento: provoca una reacción (alérgica) en la opinión pública.

2) Explícitamente Rufián expone lo más curioso. Hay una contradicción entre trabajar por el bien común e insuflar en la masa común una nueva moral. Podrían ser fenómenos independientes o estancos, pero resultan inversamente proporcionales.

Y 3), por último, sugiere que hay "otros" (sí, ésos, los innombrables) que están haciendo exactamente lo contrario. Que no es proponer otra moral distinta. De ninguna manera eso asustaría a Rufián. Es proponer medidas útiles y prácticas, de sentido común.

Que yo siga a Rufián hasta aquí, ¿quiere decir que creo que la moral es contraria la buena gestión? En absoluto, pero sí lo es imponerla. Es tan antinatural que requiere una gran cantidad de energías políticas y de recursos públicos (20.000 millones para Irene Montero). Y supone una gran ignorancia del funcionamiento de la moral. Ésta debe nacer de dentro afuera y siempre se ha de fundar en la naturaleza humana. A los Gobiernos les corresponde protegerla y, en el mejor de los casos, promoverla, pero jamás ni inventarla ni imponerla.

A Gabriel Rufián i Romero no le harán caso porque ha estado muy bien, y sólo se lo hacen cuando está muy mal. Entonces le hacen todo el del mundo. Nosotros, al revés.

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