Enrique / Bartolomé / Abogado

El molino del Caño

MIENTRAS la otra mañana andaba azuzando la vista más allá del horizonte del Guadalete, en la otra banda, no pude por menos que recordar aquella afirmación tan certera del desaparecido poeta uruguayo, Mario Benedeti, cuando subrayaba: "El olvido está lleno de memoria". Escueta, pero infalible.

Por circunstancias que todos sabemos, buena parte de nuestro patrimonio -de la índole que sea, que poco importa-, o pasó a mejor vida, o se ha ido enterrando en el olvido. Traigo a estas páginas dominicales lo que en el siglo XIX naciese como edificio industrial denominado Molino del Caño, que aún se alza en las inmediaciones de la estación de tren de nuestra ciudad, a las espaldas del edificio del Antiguo Matadero. Representante, sin duda, de ese patrimonio olvidado y denostado por los que dicen defender El Puerto. ¡Menuda ironía!

El imponente edificio, que se construyó para la obtención de harina a través de la molturación del trigo, utilizando la energía motriz del mar, se erguía sobre el caño denominado 'De la Madre Vieja', conocido también como Caño del Molino, en la actualidad prácticamente cegado. Así lo ponía de manifiesto Madoz en su diccionario geográfico a mediados del XIX: 'Hay dos puentes colgantes en el término de este partido, uno sobre el Guadalete denominado de San Alejandro, otro sobre la ría de San Pedro que divide, y toma la denominación de ella: ambos son de moderna construcción y elegantes formas. Pasado el primer puente sobre el Guadalete el río que se dirige al Portal de Jerez, deja un brazo conocido con el nombre de Madre Vieja, que va a perderse en el sitio delicioso, llamado de La Piedad'.

El Molino del Caño -tal como afirma la historiadora Lourdes Márquez-, es un molino de agua del subtipo mareal, ya que aprovechaba la subida del cauce del caño mareal donde se ubica, 'para embalsar el agua que produjera la energía suficiente para accionar las piedras de molienda, aprovechaba la llenante de la marea al objeto de acumular agua en su presa para verterla con posterioridad una vez iniciado el proceso de moler, en un caño del Guadalete".

El funcionamiento era sencillo: el ascenso del nivel del mar permitía el llenado del agua en la presa construida ex profeso, mientras que su vaciado generaba una corriente de agua que accionaba el mecanismo del molino, proceso que era controlado mediante la apertura y cierre de unas compuertas. El agua posteriormente era conducida hacia el piso inferior del molino, donde se encontraba el rodete, esto es una rueda horizontal hidráulica con paletas, cuyo giro permitía el movimiento en la planta superior del edificio, de la piedra de moler denominada volandera, situada por encima de la fija o solera. Entre ambas se vertían los granos de trigo, que al ser molidos producían la harina.

La fabricación del principal ingrediente del pan formó parte de la actividad económica portuense. Así en el catastro del Marqués de la Ensenada aparecen censadas en el año 1752 un importante número de tahonas. Con el epígrafe de 'Atahonas' se describía: 'Veinte y seis atahonas, las once corrientes y las quince restantes sin uso, pagando sin embargo a los dueños, el gremio de atahoneros sus arrendamientos'. De las veintiséis, sólo once funcionaban, mostrándose insuficientes ante la demanda existente a finales del XVIII. Lo cual motivó que el consistorio apoyase con carácter prioritario la construcción del Molino del Caño, ya que además de aumentar las existencias, abarataba los costes de producción, ya que el proceso de molturación era más rápido que el de las tahonas.

Según la descripción del escritor gaditano Julio Molina, es un robusto edificio, de forma alargado y cubierta a dos aguas, de cantería fabricado en piedra ostionera, abriéndose diecisiete arcos de distintos tamaños, en la cara orientada al estero. Los arcos pequeños servían para facilitar la salida de las aguas procedentes de 'las cubas de regolfo' Los de la fachada anterior, donde se ubicaban las ruedas motrices, no se corresponden con los existentes en la posterior, y ello es debido a que dos o tres ruedas motrices se alimentaban de manera simultánea.

La construcción del Molino fue toda una odisea. Los datos que ofrecen las actas del Cabildo son numerosos, los primeros datan de finales del XVIII. El 6 de junio de 1778 un francés Pedro Franco de Sandoval propone al Consistorio la edificación, sin embargo cuatro años después no se había puesto una piedra. Inconvenientes económicos por un lado y urbanísticos y de seguridad por otro ralentizan la obra. Tras la Guerra de la Independencia -que supuso un nuevo handicap-, el 15 de junio de 1814 el Jefe de Carretera llegó a paralizar las obras por considerarlas perjudicial para el puente de Barcas de San Alejandro. Tras crear una comisión formada por 'diputados del puente', los ingenieros Lorenzo María de Lorea y Joaquín Vara de Rey determinaban que la construcción del Molino 'no perjudicaría gravemente al puente de Barcas de San Alejandro, y que muy al contrario, su fábrica beneficiaría al municipio de El Puerto de Santa María por la bajada del precio de pan que se produciría, por lo que recomendamos que se continúen las obras". Hasta 1889 tuvo cierta actividad. Las máquinas de vapor certificaron poco a poco su muerte.

En la actualidad, tras dos siglos de abandono se anuncia su rehabilitación, sin que nada concreto tengamos a la vista. El cuento del lobo nos aproxima, de nuevo, a la realidad. La tozudez de los que nos duele El Puerto y su patrimonio debiera, por fin, tener sus consecuencias. Recuperemos del olvido lo que tenemos en nuestra memoria. Sirvan estas líneas de punto de inflexión.

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