La muerte nos diviniza. El cuerpo se queda en la tierra con todos sus defectos y el alma se engrandece en el recuerdo de los que se quedan o al menos nos olvidamos de todo lo malo que han tenido. En las últimas semanas ha habido fallecimientos sonados con sus correspondientes homenajes. Se les juzga por aquello por lo que han sido famosos, por esos dones que les dio la naturaleza y de los que todos hemos disfrutado. La persona queda a un lado y nos quedamos con la leyenda, como las historias mitológicas con unos dioses griegos que eran perfectos.Si la muerte es prematura y se produce cuando los genios todavía están en edad de producir, lloramos por lo que nos podían haber dado y les ahorramos el momento de decadencia que a todo el mundo le llega en su vida. El ídolo se va en su mejor momento y no acaba siendo un ángel caído y abandonado por los mismos que hoy le idolatran y lloran su desaparición.

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