Columna de humo

José Manuel / Benítez Ariza

219 minutos

NO me cuento entre quienes se escandalizan por el modo que cada cual tiene de pasar su tiempo libre. Y no lo hago, en fin, porque no comparto la moralina que subyace a esta clase de juicios de valor, y que lleva a dar por sentado que quienes leen libros, por ejemplo, son mejores personas que quienes se pasan el día viendo la televisión, o viceversa. No es verdad. Y si alguna vez se me nota alguna parcialidad a favor de los libros, será exclusivamente porque considero que encierran posibilidades de diversión a las que resulta un poco incomprensible negarse, y menos en una sociedad donde casi todo el mundo aprende a leer a edades muy tempranas y existen toda clase de facilidades para acceder a los libros.

Pero a lo que iba: cada cual es muy dueño de dedicar su tiempo a lo que le venga en gana, y no voy a ser yo quien se dé golpes de pecho porque un organismo del ramo haya registrado el dato de que el pasado mes de septiembre los españoles pasamos doscientos diecinueve minutos diarios ante el televisor (catorce más los andaluces). Si se considera que estas cifras son un promedio, y que hay que excluir de ellas a la gente que pasea, lee, conversa o (caso también raro, según otras encuestas) hace el amor por largo todos los días, resulta que los demás prácticamente no hacen otra cosa que estar pendientes de lo que emite el fatídico aparato. Insisto: no creo que eso los haga peores. Ni siquiera más incultos: entre leer ciertos best-sellers y exponerse a la telebasura, no hay mucha diferencia. Pero sí me resulta más bien deprimente que el estudio en cuestión relacione este índice de exposición, el más alto registrado en los últimos años, con la crisis económica. No tendría por qué darse esa relación: pasear, decíamos, leer, hablar con nuestros semejantes o (según) practicar el sexo son aficiones que, por lo general, no cuestan dinero, por lo que cabría esperar que su práctica hubiera aumentado en este periodo de vacas flacas; mientras que ver la televisión, amén de conllevar un cierto gasto de energía eléctrica, supone exponerse a toda clase de incitaciones al consumo, nefastas en estos tiempos apurados.

Más bien parece -y esto es lo que deprime del dato- que la gente ve la televisión por falta de ánimo para hacer otras cosas. No es que la televisión aturda más que las charlas de café o los malos libros (o el sexo sin alicientes, ya puestos); pero la clase de aturdimiento que procura resulta más asequible. No hay que salir de casa, no hay que procurarse compañía, no hay que hacer esfuerzos. Ante nosotros se extiende la perspectiva de un largo invierno en el que, a falta de ilusión por otra cosa, veremos más televisión que nunca. Uno anticipa ya el golpeteo de la lluvia contra los cristales, el ulular del viento en las rendijas… Mejor subir el volumen de la tele, para no escucharlos.

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