El milagrito

No hay nada que manche más que esta limpieza que hace a todos sospechosos

La limpieza de sangre y la honorabilidad del linaje se convirtieron hace siglos en una obsesión en España. Todos querían ser cristianos viejos. La mentalidad de la época terminó por considerar que la sangre, la leche materna y la trayectoria de los antepasados transmitían las creencias, la forma de vida y de ser hasta la cuarta generación. Las ovejas negras no puntuaban. La sangre se convirtió en un mecanismo moral de exclusión. La igualdad, el mérito y la capacidad llegarían mucho después y aún hoy les cuesta trabajo abrirse camino.

En España hemos pasado del saqueo de las arcas públicas por políticos de todo signo y condición a ejercer una suerte de limpieza de sangre indiscriminada que, como siempre, viene ejercida por aquellos que tienen de un modo u otro manchado su pasado. Felipe González se fue correteado por casos de corrupción que comenzaban en su tiempo a destaparse, Aznar se retiró antes, pero los suyos han desfilado por los banquillos de toda España para desgaste de Rajoy que los ha dejado quemar a fuego lento. Pedro Sánchez debutó mandando a casa a su ministro más controvertido porque no queda muy bonito llegar a limpiar con una escoba sucia de fraudes fiscales y porque había prometido ser martillo de la corrupción. Es lo que tiene llegar de Don Limpio al gobierno queriendo ser El Milagrito.

La fumigación inmediata no ha servido de mucho. Todas las mañanas nos desayunamos con que alguien, incluido el actual presidente del gobierno, ha inflado supuestamente su currículo y así los másteres aparecen y desaparecen como por arte de magia. Otro ministro es investigado en unas diligencias previas, aunque el fiscal no vea delito, se han apresurado a explicar. Y la supuesta limpieza sigue desacreditando a los que acaban de llegar y a los que acaban de marcharse que caen en un mismo saco mezclando cosas muy distintas. No hay nada que manche más que esta limpieza que convierte a todos en sospechosos. Para ser político hay que estar loco o ser muy vanidoso, si no, no se entiende.

Lo primero que se aprende de un detenido es que no hay apenas distancia entre la silla del policía, la del abogado y la del presunto delincuente. Que la vida en cualquier golpe de efecto puede sentarnos en la silla menos apetecible. Que somos vulnerables y que la sociedad jalea y condena con igual vehemencia. Que quien paga y cumple ha de seguir viviendo. ¿Lo habrá aprendido ya Pedro Sánchez?

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios