Con este titulo y en esta sección de "Cosas de Chiclana" no me quiero referir a ese sustancioso plato compuesto de pan con longaniza, tocino y otros manjares que en la sartén con mucho aceite de oliva era un alimento popular entre las clases menos pudientes y hoy es un manjar en muchas mesas de casi toda España.

Me voy a referir a las "migas" como escuelas no oficiales que estaban regidas por personas mayores, casi siempre mujeres, y que en sus casas atendían a niñas y niños de corta edad antes de que pasaran a nuevos colegios. Generalmente la persona que regentaba la miga presidía desde una mesa camilla en alguna de las habitaciones de su propia casa y los alumnos se iban sentando a su alrededor en pequeñas sillas que eran aportadas por ellos mismos.

Este término de "miga" no solo era utilizado en Chiclana, sino en muchas partes de España. Ramón Solís en su libro El Cádiz de las Cortes nos contaba que en el padrón de Cádiz de 1813 ya existían muchas "amigas" o "migas" como las llamaban en Cádiz, regidas por profesionales femeninas que gozaban de mucha popularidad y se encontraban con gran profusión las "maestras de migas" en este padrón

En casi todos los pueblos cuya actividad principal era la agricultura el pago por este servicio, por la estancia en la "escuela", se hacía en especie: huevos, pan, harina, chorizo, etc. Por ello algunos autores piensan que el nombre de miga viene más bien por estos alimentos.

En Chiclana, estas pseudo-escuelas estuvieron en servicio al menos hasta los años sesenta del siglo pasado y nombres como el de Remedito (Remedios Sánchez), Doña Lola, Pepita leal, Pepita Quirós eran maestras de migas muy conocidas en la Alameda del río, en la calle Corredera, en los parvulitos o en la "casa de los duendes", cerca de San Sebastián. Sobre los años cincuenta un millón de niños en toda España estaba sin escolarizar en escuelas regladas y no solía existir mucho interés por parte de las familias en educar a sus hijos, sobre todo si eran niñas.

Parece mas razonable que el nombre provenga de una reunión de amigas, pues en muchos casos ya eran niñas mayores las que asistían e iban aprendiendo las labores del hogar, más todo lo relacionado con la costura. Saber coser y zurcir se hacía casi imprescindible para llevar a una familia adelante en aquellos tiempos de escasez. La técnica del zurcido no debía de ser fácil y necesitaba de mucho aprendizaje para hacerse de tal manera que el remiendo pasara desapercibido y sin embargo eran muchas las prendas que se remendaban por necesidad, incluso las medias y los calcetines para los que se utilizaba un huevo de madera, el "huevo de remendar". También se solía enseñar a bordar y a ejercitar la labor del encaje de bolillos, aunque los aprendizajes ya con señoritas mayores llegaban a preparar a auténticas profesionales que podían ayudar a sacar adelante, con habilidad y esfuerzo la economía de la familia. Entonces la miga pasaba a llamarse "obrador" y, aunque la enseñanza se seguía desarrollando en la casa de la profesora, éstas se convertían en auténticos talleres artesanales.

Como norma general, el único material que utilizaban en la "miga" los chiquillos era la pizarra y pizarrines. La primera consistía en un marco de madera de unos 20x15 centímetros que contenía una lámina de piedra de pizarra pulimentada. Sobre ella se pintaba con pizarrines que eran alargados y con forma de lápiz, el material era de pizarra blanda o de yeso, a estos últimos los llamábamos de mantequilla. Se borraba con un trapito que solía estar atado con una cuerda a un agujero que tenía la madera del marco y alguna saliva que otra.

La pizarra se parecía en forma y tamaño a los ipad o tablets que se utilizan hoy. Es realmente extraordinario que en menos de cincuenta años hayamos pasado de aquellas pizarras a las actuales pantallas táctiles.

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