Enrique Montiel

Escritor

La memoria inédita

José Pedro Pérez-Llorca quería escribir un libro con su memoria íntima, su tiempo de Cádiz, su patria infantil. En el círculo familiar refería esos recuerdos a los que quería darle forma. Habló conmigo de ese proyecto, que verdaderamente quería dejar cumplido antes de irse al misterio, cruzar ese umbral. No sé si lo empezó a escribir. Habría sido un modo de ser conocido más profundamente. Digo cuánto le dolió la explosión de 1947, que se llevó a una parte de su familia. No se ha escrito mucho –digo desde la altura de un Pérez-Llorca– de aquellos años ni de aquel Cádiz gris y frío, desportillado y herido por la represión nacionalista y la guerra recién acabada. José Pedro me contó parte de la escritura no escrita de esas memorias. Fuimos aplazando la primera jornada de trabajo en serio, porque él quería que yo le “ayudara” de alguna manera en cumplir ese sueño. Nada me habría gustado más. Pero era un hombre verdaderamente ocupado, pese a pasar de la setentena, un hombre muy ocupado. Con compromisos sociales, la presidencia del Museo del Prado y, sobre todo, la dirección de su despacho profesional… del que “vivía”.

Cádiz le “daba” la vida, sacaba tiempo de donde no lo había para venir a Cádiz, estar en Cádiz, ponerse a disposición de Cádiz. Su despacho, su persona, sus contactos en el mundo, su sabiduría, todo él estuvo al servicio de Cádiz, a las órdenes de Cádiz. Era el hombre de la Real Academia Hispano Americana en Madrid, el aliado perfecto del gobierno municipal para traer a Cádiz una muestra del Prado, como ocurrió realmente. O lo que fuera bueno para la ciudad. Pero sobre todo se había convertido en el paradigma, en el prototipo de gaditano, en el modelo a imitar, en lo máximo que se puede aspirar. Y por eso fue definido como el imaginario máximo de lo gaditano en la historia: culto, buen conversador, liberal, diplomático, educado, ocurrente, simpático, abierto, generoso. Y mucho más. Había sido un político importante, uno de los padres de la Constitución, nada menos. Fue cuando hizo falta que metieran el hombro los españoles para superar el fatalismo de serlo. Por la política pasó dejando una fama espléndida, porque aplicó a esta dura realidad de aquellos años, gran parte de las virtudes que lo hacían gaditano. Lo fue todo pero no ha podido completar el sueño de poner la palabra sobre palabra de su infancia, de sus padres, del desastre de aquel día de verano de 1947 en el que se segaron muchas vidas, inexplicablemente. Habría sido el colofón de una historia de amor a una ciudad que, estoy seguro, sabrá recompensarlo como se merece.

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