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La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

La melodía de la vida

Bienvenidos los sonidos de la vida que nos permiten elegir el silencio en vez de padecerlo como una imposición

El silencio es un lujo necesario. A condición, como la soledad, de que sea querido, buscado y reversible. Nada más estresante que el ruido, ya sea producido por máquinas, seres humanos o artilugios que escupen músicas (casi siempre, además, horrorosas: raros son quienes nos molestan poniendo a todo volumen las orquestas de Rudy Vallee y The Dorsey Brothers, a Fred Astaire o Ella Fitzgerald -los oigo casi obsesivamente desde el confinamiento: dan un toque de amabilidad agridulce muy Allen a estos tiempos oscuros). Lo escribió Irving Berlin: "There may be trouble ahead / But while there's music and love and romance / Let's face the music and dance".

Nada más invitante a la reflexión y la serenidad que el silencio querido. Si es posible con algún sonido regular -mis favoritos: el tictac de un reloj y el canto de chicharras y grillos- que por contraste dé cuerpo al silencio. Pero existe también un opresivo silencio no buscado. No me refiero al de los espacios infinitos que aterraba a Pascal, sino al que se impone al solitario que no desea la soledad y al que se produce cuando algo detiene el flujo cotidiano de la vida.

Lo sentí al subir al atardecer a la azotea y oír un suave runrún de vida alzándose de las calles de la ciudad. Tan distinto al opresivo y terrible silencio que caía sobre ella en los días de encierro. Fuera la hora que fuera nada se oía. Era un indeseable silencio de muerte, de duelo, de habitación en la que ha fallecido alguien; un silencio impuesto, contra natura, agobiante, de no vida; un silencio hecho con la suma de soledades no deseadas, impuesto por el más largo toque de queda que hayamos conocido.

Bienvenidos sean los sonidos de la vida. Ellos son los que nos permiten elegir el silencio y disfrutarlo como una elección en vez de padecerlo como una imposición. Aunque a veces sean molestos y siempre deban evitarse sus excesos, prefiero el día a la noche, el calor al frío, la compañía deseada y los sonidos de la vida a la soledad y el silencio no deseados. Será porque los atributos de la muerte son la oscuridad, el frío, la soledad y el silencio. ¿O no contraponía Bécquer los mil ruidos con que despertaba el día al silencio y la soledad de los muertos? ¿Y no mandaba Lorca a la rana y al grillo que hicieran un bosque sonoro que rompiera la triste vida del cementerio? La melodía de la vida se llamaba una película de la guapísima Irene Dunne.

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