Las siete y media

Como me doy muy pocas oportunidades, permítanme que aproveche la ocasión

He recibido con una doble alegría la noticia de que nadie tachó dolosamente a la Virgen de los Milagros de la medalla municipal del Puerto de Santa María. Primero, porque no haya ninguno que tenga que cargar con esa responsabilidad ante Dios y ante la historia, si me permiten a toro pasado un poco de precisa grandilocuencia.

Luego por un motivo egoísta. Cuando saltó la noticia, el primer impulso era emprender una caza de brujas de responsables, pero yo me amarré al mástil de mi bonhomía. Escribí: «No sé qué puede haber pasado con la imagen de la Virgen de los Milagros de las medallas de concejal de El Puerto. Que aparecen burdamente tachadas con típex lo hemos visto todos. Antes de acusar a nadie de hacer tal disparate, yo me tentaría mucho la ropa. Tendría que estar segurísimo. Me parece algo tan feo y tan gordo que no se lo imputaría a nadie fiándome de un rumor». Aproveché la ocasión para entonar una loa a la patrona de mi pueblo, que lo bendice desde su escudo y desde su nombre, o sea, desde su epítome y su destino (Nomen omen). Siempre es un buen momento para eso.

Ahora sabemos que responsabilidades hubo, pero de ordinario procedimiento. Por haber encargado el trabajo a una empresa sin todas las garantías y por no haber revisado la entrega. O sea, cierta dejadez e imprudencia que, con las prisas, las ganas de ahorrar (a buenas horas) y la desazón de los pactos para arriba y por abajo, le pueden pasar a cualquiera (aunque no debería).

Queda bastante feo presumir, pero, como me doy muy pocas oportunidades, permítanme que me alegre de mi falta de criticismo. A menudo me afean la amabilidad general, que no doy caña y que apenas insulto. Sé que tienen razón, que tendría más predicamento como columnista si tuviera más punta y usase hasta un buen par de palabrotas de vez en cuando. Y no digamos de crítico literario, si hiciera más sangre.

Pero ni me sale ni merece la pena. En el juego del periodismo es peor pasarte, como decía don Mendo de las siete y media: «...Y un juego vil/ que no hay que jugarlo a ciegas,/ pues juegas cien veces, mil,/ y de las mil, ves febril/ Que o te pasas o no llegas./ Y el no llegar da dolor,/ pues indica que mal tasas/ y eres del otro deudor./ Mas ¡ay de ti si te pasas!/ ¡Si te pasas es peor!».

Alguna vez me pasaré, porque éste es un juego muy largo, pero ¡qué alegría no haberlo hecho bajo el manto de Nuestra Señora, tan misericordiosa!

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