En estos días de agosto los hospitales cierran camas -también los sanitarios se van de vacaciones, por extraordiario que parezca- y las urgencias suelen colapsarse por todo tipo de historias, como siempre, pero con más calor. El nuevo Gobierno andaluz ha prometido recortar las listas de espera del especialista y los quirófanos, y hasta frenar la fuga de batas blancas, pero a la espera de ver los resultados, lo que sigue sin estar al alcance de nuestros dirigentes es la capacidad para convencer al ciudadano de que nuestros recursos públicos no son infinitos. Vaya por delante que la mayoría de los usuarios que acude a urgencias lo hace a la desesperada, después de aguantar, sin exagerar, un año y medio, sin que le llame el especialista por dolencias serias. Pero existe un sinfín de casos como para escribir un denso tratado de la condición humana, en los que se abusa del sistema por tonterías, y de paso se desborda a los servicios de emergencias, gratuitamente, para desgracia de quienes los necesitan de verdad.

Por urgencias lo mismo se cuela a media tarde una señora con su hija porque le entró arena en el oído -encima protesta a la media hora porque no le han atendido-, que acuden unos padres preocupadísimos porque "mi niño se ha puesto muy colorao en la playa". Hay quien dice llevar tres días sin hacer sus necesidades y no se le ha ocurrido visitar la farmacia en busca de algún remedio, y también está el paciente que acude lleno de ronchas en las piernas, pidiendo que le vea un dermatólogo de guardia, porque un alto cargo del SAS, íntimo amigo suyo, le ha dicho que en urgencias le verán de inmediato.

El problema no es tanto la falta de recursos como la falta de educación sanitaria. Los ciudadanos más aprensivos, a la menor molestia, no dudan en muchos casos en marcar el 112, que igual vale para pasarte con Bomberos que con la Policía que con el 061. Quienes coordinan las llamadas de emergencias han de decidir en segundos si quien está al otro lado del teléfono sufre un infarto o un simple mareo y lo mejor es que se tome unas pastillas. Y cada vez con más frecuencia. Hemos pasado de coger el coche y llevar a nuestro familiar al centro de salud más cercano, en no pocas ocasiones, a llamar directamente a emergencias para que nos atiendan a domicilio.

"Vengan por mí que me he matao", le rogó al 112 un buen hombre arrepentido de lo que estaba haciendo, no hace mucho. Ante semejante epitafio, los sanitarios no dudaron, como es lógico. Pero por fortuna, el paciente sólo había ingerido algunas pastillas. Muchas veces médicos y enfermeros salvan vidas, pero otras se vuelven impotentes tras comprobar que el usuario, por citar el caso menor de un enfermo diabético que se había mareado un poco, lo único que necesitaba era una pila para su glucómetro o maquinita del azúcar, que no iba bien. Los casos similares son infinitos. Lo grave es que entre el miedo a las denuncias y a las redes, la cuestión va a peor. Luego nos quejamos cuando la ambulancia tarda 40 minutos en llegar a un accidente verdaderamente grave porque está ocupada en avisos sanitarios sin importancia. Pero nada hacemos por evitar los abusos que se registran a diario.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios