Calle Ancha

Alberto Ramos / Santana

8 de marzo

EN un tablón de anuncios de la Facultad de Filosofía y Letras, alguien ha colgado un cartel en el que solicita "dos chicas guapas" para trabajar en un bar. Sin dudas, al autor no le habrán faltado ganas de añadir algo así como, "con un buen escote que atraiga a consumidores del sexo fuerte". He tenido ganas de arrancar el anuncio, pero un falso pudor democrático -libertad de expresión- me ha retenido.

La fecha del 8 de marzo, como Día de la Mujer, se escogió en conmemoración y homenaje a más de un hecho. Hace más de ciento cincuenta años, el 8 de marzo de 1857, varios cientos de mujeres recorrieron las calles de Nueva York protestando por sus condiciones de trabajo y por unos salarios que las discriminaban respecto a lo que cobraban sus compañeros varones. Más conocido es que, el 8 de marzo de 1908, ciento veintinueve trabajadoras murieron encerradas en el interior de una fábrica, a la que el propietario prefirió prender fuego antes que ceder a la presión de una huelga que las trabajadoras habían emprendido para reclamar sus derechos a asociarse, mejorar sus salarios y trabajar diez horas al día, una reivindicación lejana todavía de la consecución de la jornada laboral de ocho horas.

El 16 de diciembre de 1977, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobaba una resolución en la que pedía a los estados miembros a que declararan, respetando tradiciones y costumbres nacionales, el Día Derechos de la Mujer y la Paz Internacional, escogiendo como fecha el 8 de marzo, para conmemorar los acontecimientos antes mencionados, y recordando con su elección que el 8 de marzo de 1914 se celebró el Día Internacional de la Mujer en Alemania, Suecia y Rusia.

Hoy, nuevamente, el 8 de marzo debe ser un día para recordar la lucha de las mujeres, y de muchos hombres junto a ellas, para lograr la igualdad en derechos, la paridad imprescindible. Y más en estos días en que las cifras de la violencia de género vuelven a marcar, cada día, las noticias de prensa, y cuando demasiados jóvenes, de uno y otro sexo, parecen ajenos a un problema que puede enquistarse si no tomamos medidas todos.

Hay que lograr medidas de igualdad en el empleo y las condiciones laborales; hay que terminar con el acoso sexual y la violencia de género; hay que lograr, de una vez por todas, la igualdad en derechos entre hombres y mujeres; hay que facilitar los derechos de maternidad y paternidad en el empleo; hay que eliminar los clichés sexistas en la sociedad, comenzando por la publicidad. Pero para ello hay que conseguir una educación democrática de verdad, una educación que no discrimine y que no evite que, como me ha ocurrido a mí, arranquemos un anuncio tan vejatorio como el que solicita, como mérito para trabajar, ser guapas.

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