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josé / aguilar

Estábamos mal, estamos peor

ERA muy complicado formar un gobierno estable tras los resultados electorales del 20 de diciembre (en España, porque en casi cualquier otro país de nuestro entorno habría sido fácil). Después de la doble votación de investidura -embestidura por parte de algunos-, es prácticamente imposible.

Todo lo que dificultaba la elección de un presidente sigue en pie: la falta de mayoría absoluta, la concepción de la política como una guerra de trincheras, la irrupción de nuevos partidos necesitados de reafirmación, el cainismo y la ausencia de una cultura del consenso y la transacción... Después de los debates para la no investidura de Pedro Sánchez todo esto ha empeorado. En el Congreso, esta semana, se han roto los precarios puentes que quedaban.

Las incompatibilidades, políticas y aun personales, que albergaban los actores de esta tragicomedia por capítulos se han exacerbado. O, si se quiere, han demostrado una fortaleza inasequible a coyunturas y a intereses superiores (por ejemplo, al interés nacional). Por un lado, Ciudadanos ha dejado de considerar a Rajoy interlocutor válido para forjar alguna fórmula de pacto o coalición entre constitucionalistas, y Rajoy desprecia a Ciudadanos por estimarlo satélite del PSOE e innecesario para la gran coalición. Por unos y por otros, el papel de bisagra y mediador de Rivera ha salido destruido.

Por otro, el distanciamiento entre PSOE y Podemos se ha hecho abismo. Mayormente, porque así lo ha querido Pablo Iglesias. Entendámonos: el pacto de socialistas y podemitas era imposible de antemano porque lo que se disputa entre ellos es la hegemonía de la izquierda. Pero mientras Sánchez lo explicó con serenidad y cortesía (incluso admitió que le habría gustado un pacto de izquierdas, pero que no era suficiente, algo distinto al mandato del comité federal), Iglesias lo hizo con virulencia y acritud. Como si el otro fuese su mayor enemigo en vez de Rajoy.

Y, en tercer lugar, la anunciada llamada de Rajoy a Sánchez para intentar la gran coalición PP-PSOE sin intermediarios recibirá la misma respuesta del primer día: no es que no. Así estamos. Sólo que ahora ha empezado a correr el reloj. Únicamente si uno o más de estos agentes de la discordia alcanzan la convicción de que saldrán perdiendo si hay que repetir las elecciones cambiarán de posición y harán posible, quizás, otra salida, dando por bueno el viejo aserto de que en política "jamás" significa "por el momento".

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