El pinsapar

La luz de ayer

Este misterioso aerosol que nos enferma sólo se puede combatir con la decisión firme de permanecer encerrados

Asombrosa la luz de ayer por la tarde, la luz de poniente. Recordé el templo de Abu Simbel, ideado por sus constructores para que el sol, un día exacto, entrara hasta el fondo de la estancia de los dioses como un rayo de fuego.

Hay que ir a la antigua Nubia para entrar en ese éxtasis, abajarse hasta el lago Nasser, origen del Nilo moderno. En efecto, entraba el sol desde la altura exacta para iluminar todas las habitaciones de mi casa en línea recta, como ese día de Abu Simbel. Si fuera un hombre antiguo, por ejemplo de hace tres mil años, puede que interpretara esta entrada solar como puñal de luz de la tarde en mi casa. Porque lo que había llegado desde el mediodía eran las noticias malas, los millones de contagiados en el mundo, las decenas de miles de muertos. Y el horizonte de confinamiento que todos nos anuncian. Y no me refiero al confinamiento de pesas y medidas de los políticos diversos, sino al parecer de los médicos, cansados y enfadados del sufrimiento que ven en sus hospitales. Y de sus propias lágrimas, no ya de sus propios muertos.

Este misterioso aerosol que nos enferma y fina sólo se puede combatir con la decisión firme, inamovible, de permanecer encerrados, con las ventanas abiertas y el ánimo firme. Salir lo mínimo, la higiene máxima y rehuir el contacto incluso con los próximos. Mi nieta y yo nos hemos juramentado a darnos un millón de besos cuando podamos, pero no ahora. Somos de abrazarnos, de besarnos, nada orientales, que se inclinan, pero casi ni se miran ni se tocan. Mas nos dicen que el problema ahora, palpitante, es que todo se hunde. Viene la pobreza, me dijo mi amigo Jose, experto economista en big data. La pobreza ya está aquí, es la miseria de amor, el no poder abrazar y besar a mi nieta, a mis nietos todos. Ni a sus padres, ni a mis amigos y seres queridos. A nadie. Lo demás es lo demás.

Un almanaque por delante se nos aparece con días islas, pero la mayoría signados con un aspa roja. La comida de Navidad queda muy lejos porque no sabemos si seremos infectados o ya lo hemos sido. Si fuimos a donde no debimos, estaba allí el que el destino había querido que nos contagiara. Pero viendo esta luz de ayer, tan tibia y dulce, tan bella en un universo quieto delante de la ventana, se está en el interior de un espejismo o todas las muñecas rusas. Dan ganas de pedir que no se equivoquen, que no nos equivoquen, gobiernos.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios