Muere Jesús Quintero Cuando una chirigota del Carnaval de Cádiz se disfrazó del Loco de la Colina

¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

El lobo

Nadie que ame el campo ibérico puede desear la desaparición de uno de sus últimos mamíferos salvajes

Paula contaba historias de lobos a los niños que tenía a su cargo. Aunque estaban en un piso de ciudad, con sus palabras entraba por la puerta el viento de la antigua España rural, mucho antes de que la Guardia Civil y el ferrocarril la domesticasen. Eran narraciones entre cómicas y macabras, como la de aquel hombre que salió de su pueblo a caballo y, cuando encontraron su osamenta rebañada por los lobos, aún conservaba los botos intactos. Un varón completamente desnudo y calzado suele tener algo de ridículo; una canina, mucho más. Las historias de Paula, oriunda del campo extremeño, eran un eco de una inmemorial lucha entre el sapiens y las múltiples alimañas que lo habían devorado a él y a sus rebaños desde los más oscuros orígenes. La Europa que hoy conocemos no sería la misma sin esas inmensas roturaciones medievales que permitieron poblarla densamente mediante un doble desastre ambiental: la deforestación y el exterminio de especies como el lobo. Sin ese proceso no hubiesen existido ni la Abadía de Cluny ni la filosofía de Kant. Quizás habría sido mejor seguir viviendo en el bosque, en pequeñas comunidades atemorizadas, sin antibióticos y rindiendo culto al espíritu del lobo, pero nuestra historia es la que es y no tiene vuelta atrás.

Al urbanita de hoy, que ha olvidado los rigores de la intemperie, le es difícil no amar a ese mamífero cazador y señorial, listo como el hambre, cuyos aullidos nos convocan a lo más profundo. La visión del hombre de campo, sobre todo de aquellos que habitan al norte del Duero, es muy diferente. Ellos están acostumbrados a ver sus hatos diezmados, las carroñas de sus borregos destrozadas a dentelladas. Es loable querer salvar al lupus, aunque más lo es preocuparse por las vidas de los sapiens. Ambas cosas no se podrán combinar con la prohibición de la caza del lobo, cuya intención tiene más que ver con la emotividad animalista que con el conocimiento general del medio rural. No se puede mantener el doble juego de afirmar que hay que repoblar la España vacía y, al mismo tiempo, dificultar actividades como la ganadería. Los pastores han dado ideas que hay que tomar en cuenta: mejorar el sistema de subvenciones por el ganado muerto, fomentar el consumo carroñero del lobo, revalorizar las explotaciones extensivas... Pero estas razones se pierden cuando se somete al lobo a una despiadada cacería en la que no pocas veces florece el neardental hispano. Nadie que ame el campo ibérico puede desear la desaparición de uno de sus últimos mamíferos salvajes; tampoco puede pretender que cese el sonido de los cencerros. Unos y otros son parte del alma más antigua de España.

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