Su propio afán

Que llueva, que llueva

En el sur, la lluvia nos ha metido siempre en casa., en parte porque llueve poco, en parte porque llueve mucho

No tendría sentido que, en estos días tan bajos, yo, que siempre la he cantado, no celebrase por todo lo alto la lluvia que nos cae justo de allí. Por pura lógica, nadie es más agradecido que el pobre ni ninguno valora más una sencilla alegría que quien yace melancólico. La lluvia de estos días llega como agua de mayo, adelantada, y puntualísima a abril, el de las aguas mil. Recibámosla con los brazos abiertos, como siempre, pero mucho más.

Decíamos ayer que a perro flaco todo eran pulgas, pero qué alegría equivocarme. Con un poco más de suerte, a la plaga del coronavirus, a la de la política y a la de la economía, no se sumará una sequía. Era lo que nos faltaba. A uno, que tiene sus más y sus menos de fisiócrata, una sequía le parece lo que más seca. Así que por razones de estricta supervivencia contra la crisis, ¡viva la lluvia!

Alguien que no la ama tanto, con mentalidad más urbanita, me decía que la lluvia al menos ayuda al confinamiento. Yo le daba la razón, contento de sumarle hasta pequeños piropos burocráticos a mi lluvia, también agente municipal del aislamiento. En el sur, la lluvia nos ha metido siempre en casa. En parte porque llueve poco, en parte porque llueve mucho. Quiero decir, porque llueve apenas unos días al año y podemos permitirnos el paréntesis; y porque cuando llueve lo hace torrencialmente y, además, de lado, puenteando los paraguas.

Entre la costumbre del enclaustramiento y el decreto del confinamiento, esta vez todos hemos contemplado la lluvia tras una ventana. Es el emplazamiento ideal para recitarse el poema «Cuestión de perspectiva» de la colombiana Marcela Duque, del hermoso libro Bello es el riesgo: «Mirar el paisaje/ Mirar llover/ Mirar el lluvioso paisaje/ Mirar las gotas de lluvia en la ventana/ Mirar el paisaje puntillista a través de las gotas de lluvia en la ventana/ Mirar el reflejo invertido del paisaje en cada gota/ Mirar mi reflejo en la ventana/ Mirar mi reflejo lluvioso en la ventana/ Mirar mi reflejo como parte del paisaje/ Mirar el paisaje como encuadre de mi reflejo// Me he parado tan solo dos minutos./ Abismales, los misterios del espíritu.»

Es esto, precisamente. Que llueva, que llueva, para no no haya una gota de sequía en nuestros campos ni de aridez en nuestro espíritu. Con esta perspectiva, podemos echarnos a las espaldas cualquier crisis que nos echen encima. La lluvia siempre viene de más alto y muy limpia.

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