Su propio afán

Dos lingotes de hora

Hay que ser muy agradecido por el regalo de un tiempo inesperado incluso cuando toca estar muy enfadado

Tendría que ponerme rabioso o sufrir un ataque de desánimo pedagógico o, por lo menos, echarles un discurso severo, como un senador adusto de la república romana, pero estoy a punto de hacer una cabriola a lo Tintín, de esas que uno pega un taconazo en el aire mientras chasca los dedos y canta: «Olé». No la doy por mi provecta edad, no por falta de ganas; y por si hay alguna cámara de seguridad enfocándome. ¿El motivo? Mis alumnos se han compinchado para faltar todos a mis dos horas de clase, hip, hip, hurra.

Sé que me toca ponerme súper serio, pero concurren dos eximentes. Están en plena semana de exámenes y conmigo llevan sus proyectos muy avanzados. Han trabajado duro todo el trimestre. Por otra parte, yo les explico Derecho y las normas, respetándolas, cabe usarlas en beneficio propio. Si la ley les da un margen de faltas que no repercute en la nota, lo lógico -jurídicamente hablando- es ajustarse, y sacar horas para otros módulos que tengan a estas alturas más en el alero.

Eso aminora mi enfado, pero no justifica mi cabriola, que es mucho más egoísta. ¿No me han regalado los insumisos dos horas de tiempo, que, como es oro, supone dos lingotes valiosísimos? Yo cumpliré con mi horario en el aula, pero leeré un poco del capítulo que tuve que dejar a medias para llegar puntual a mis clases, corregiré unos ejercicios, planificaré otras clases y hasta abocetaré este artículo. Disfrutaré del maravilloso silencio del aula vacía, sin el zumbido de mi voz. Me asomaré antoniomachadianamente a la ventana invernal a ver el patio, también vacío y silencioso. Qué espectáculo.

Espero que mis alumnos ausentes estén aprovechando sus dos horas de no-clase. Ojalá les cundan. Las han comprado caras: recibirán una reprimenda mía, bastante falsa, como se ve; pero también las faltas injustificadas que les he puesto, porque lo feliz no quita lo burocrático.

Aún diría más, como diría Hernández o Fernández: les pediré que me hagan un comentario de texto de este artículo en el examen. Generalmente les suplico que no me lean en el periódico, que ya tendrán tiempo de hacerlo cuando no sean alumnos míos. Esta vez haré una excepción. Será como una clase en diferido y una forma un tanto alambicada de darles las gracias sin dejar de regañarles, dejando atisbar el incomparable valor del tiempo inesperado y ensalzando el irresistible encanto del silencio, aunque echándoles de menos (un poco).

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