El crucero de instrucción del 'Juan Sebastián de Elcano' este año fue muy especial y no sólo por el homenaje a la expedición que dio la primera vuelta al mundo, hace 500 años. Los guardamarinas y la dotación de la tripulación del buque escuela de la Armada navegaron cien días confinados por la pandemia y la emoción que flotó en el ambiente, tras su reencuentro con los familiares, no fue para menos. La tripulación de Magallanes y Elcano no gozó de tal recibimiento, pero su aventura fue una gesta inmortal de la humanidad protagonizada, como indicó el comandante de Elcano, "por un grupo de españoles con empuje". Ni el viaje de Colón aguanta la comparación. Apenas duró 30 días con sus tres barcos siempre aparejados, los tripulantes sanos y salvos y provisiones como para volver a casa sin penurias. La expedición de Magallanes, en cambio, viajó al vacío más desconocido asediada por las bajas, el hambre, la ansiedad y un desierto de agua. Y sólo tras perder toda esperanza, alcanzó la gloria.

En el homenaje que le brindó la bodega González Byass a la tripulación de Elcano, su comandante, Santiago Colsa, ensalzó la hazaña de un país que, pese a su juventud, ya gozaba de visión a largo plazo y de una acusada conciencia marítima. Recordó las expediciones españolas que asombraron al mundo en una época rupturista y de enorme transformación, "cuando el pensamiento imperante invitaba a ir más allá y pensábamos que más allá de Gibraltar no había nada, cuando la mitología advertía de peligrosos monstruos marinos y fenómenos meteorológicos que acecharían a quien se atreviese a explorar". Pero España siempre fue adelante con un golpe de astucia, tesón y desde la cultura del compromiso y el esfuerzo, los mismos valores que han mantenido a flote al buque escuela.

Hoy España es una vieja nación cuarteada y cascarrabias, que malbarata su historia y no aprende de sus errores. Su espíritu es tan mediocre que no aspira a nada. No sabe ni en qué gastarse el dinero que presta Europa porque sus 17 regiones se pasan el día chillando. Es incapaz de aplicar la misma política sanitaria para todos incluso en mitad de una pandemia. Los jóvenes ya no saben a qué plan de educación han de confiarle su futuro. Nuestros líderes desperdician su tiempo en rescatar los odios más primitivos, en vez de intentar ir más allá con nuevos desafíos. La ley de memoria histórica admite poca discusión. Pero aplicarla a pellizcos, a la carta y desde el más puro revanchismo, en lugar de respetarla sin añadir leña, llama a la desmoralización colectiva. Quienes transforman su virtud en un desquite permanente y tan torpe, como estamos viendo con Pemán y el Carranza, desde el oportunismo, no entienden nada e invitan a la resignación. Los presuntos reparadores no lo hacen por justicia, lo hacen por su incapacidad para alcanzar otras metas y representarnos a todos. Las sociedades, como las relaciones de pareja, una vez logrado el consenso, necesitan de mala memoria para avanzar. Pero los líderes se pasan el día buscando trapos sucios para ajustar las cuentas de un capítulo negro de la historia que sus padres sellaron hace 40 años. Este país cainita olvida que un día también fue joven. Menos mal que Elcano y Magallanes no tuvieron que incluir en su expedición a nuestros gobernantes. Todavía estarían en Sanlúcar discutiendo si la conquista merecía la pena y el rumbo a seguir. A la deriva. Perdidos.

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