Como diría Plinio el Posmoderno, no hay político malo que no tenga algo bueno. Yo, a Pablo Iglesias, le debo Juego de tronos. Cuando parecía que Podemos podría cruzar a Poniente y conquistar el trono de hierro, un maestro del periodismo me aconsejó que dejase de reírme y viese la serie de referencia de Iglesias para hacerme cargo de su ambición desatada. Como buen jerárquico, soy muy bien mandado y corrí a verla. Por entonces, Iglesias regaló la serie al mismísimo Rey de España, en lo que quiso ser otra especie de taimada advertencia metafórica.

Pero ha pasado el tiempo y la verdad, desconcertante, asoma. Temporada tras temporada, la obra ha ido dejando atrás su tremendismo gore para ir aceptando las reglas inmortales de la épica: el bien contra el mal, los héroes contra sí mismos, etc. Era cuestión de tiempo que Pablo Iglesias escribiese un tuit como el que ha lanzado: "No sé que nos contarán en el último capítulo de Juego de tronos, pero ¿Nadie tiene la sensación de que han matado la complejidad de los personajes y la trama?" Ha añadido un emoticono triste con una gran lágrima azul.

Como es de bien nacidos ser agradecidos, quiero mandar a Pablo un abrazo y una explicación. De la calidad intrínseca de las temporadas, en efecto, habría mucho que hablar. Quizá las primeras eran más redondas, por lo mismo que es más fácil hacer un buen cómic de Conan el Bárbaro que un digno Cantar del Mío Cid. A medida que la serie ha ido aspirando a ser una narración clásica ha ido poniéndose el listón más alto y ha ido llegando menos. Pero lo importante es el listón. Juego de tronos ha crecido y ya no es un juego. Se ha desprendido de enormes dosis de relativismo moral y hasta ha dado cabida, en la medida de sus posibilidades, a reflexiones teológicas, porque, si existe lo bueno, existe el Bien y, si existe el sentido, cabe la providencia, etc. Ya no se trata de peleítas por el poder como en una partida de Risk, sino de plantearnos cuestiones como la legitimidad de origen y la de ejercicio y los límites éticos de la fuerza.

Felipe VI es mucho más discreto que yo, y no lo hará, pero sueño con una carta de la Casa de Su Majestad agradeciendo al Sr. Iglesias su consejo de ver Juego de tronos. Por tanta ocasión como está dando al Rey para reflexionar sobre la sagrada legitimidad del poder, sus límites y los desafueros autodestructivos a los que conducen la ambición y la demagogia.

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