La joya de la corona, la sanidad pública, está tan oxidada, que el consejero de Salud se ha dado tres años de plazo para revertir los recortes y dejarla más brillante que los zapatos de un ministro. Las prioridades de Jesús Aguirre son reforzar la atención primaria para aliviar la presión en las Urgencias hospitalarias en paralelo, y reforzar la asistencia a los pacientes crónicos. Frenar la fuga de batas blancas y mejorar las condiciones de su plantilla también figuran entre sus objetivos, pero esto sólo se consigue con mucha pasta, criterio y mano izquierda. Por lo pronto, el SAS acaba de anunciar una nueva macro oposición. Y sus profesionales aplauden toda apuesta por el empleo, pero a la vez denuncian que existen dos procesos ya en marcha, ¡el primero de 2016!, que aún no se han resuelto, generando incertidumbre y causando un importante daño económico y moral a unos opositores que, habiendo aprobado con nota las pruebas, se ven obligados a pasar por caja otra vez y a estudiar para nuevas convocatorias que se solapan entre ellas.

La sensación es que en un año han cambiado poco las cosas, y es que no es fácil en tan poco tiempo. En las Urgencias no faltan los atascos puntuales y siguen siendo muchos los usuarios que ven transcurrir los seis meses de rigor sin pasar por un quirófano. Sin embargo, el presupuesto ha crecido y han aumentado las intervenciones quirúrgicas y las consultas externas. Algo es algo, a la vista de que también se han sumado cientos de miles de pacientes con los que no contaban al encontrarse fuera de las cifras oficiales cuando el nuevo Gobierno se puso al frente de la gestión.

Uno de los puntos más sensibles está en el Servicio de Urgencias. Y ni ahora tratando de cubrir todos los huecos -cosa que antes no sucedía-, ni doblando todas las camas se solucionará el problema sin la colaboración de todos. Para empezar, hasta que el usuario no recupere la confianza en la atención primaria para dejar de acudir a Urgencias a las primeras de cambio, mal asunto. Si un paciente pide cita y se la ofrecen para dentro de una semana al encontrarse de baja su médico, lo normal es que acuda al hospital más cercano acuciado por su dolencia. Hay de hecho profesionales que, desbordados por el trabajo y por miedo a fallar, también invitan al usuario a pasarse por Urgencias en no pocas ocasiones.

En el mismo hospital, el problema no es tanto la falta de camas, como desbloquear a tiempo las previstas en caso de necesidad, antes de que se acumulen los pacientes que han de ingresar. Cualquier detalle ayuda, incluso una entrega más ágil de la carta que certifica el alta de los paciente, que muchas veces ven pasar las horas desde que se la comunica el médico hasta que pueden ir. Algunos usuarios, ya puestos, se quedan a comer o a la espera de una ambulancia ocupando camas. Una buena educación sanitaria también urge para cambiar la mentalidad de aquellos que acuden a las Urgencias por una tontería, que son una legión, olvidando que nada es gratis. Todo esto lo saben los profesionales y lo sufren a diario, pero si no se reorganizan las dinámicas de trabajo y el usuario no es más responsable, la joya no recuperará el brillo ni con bicarbonato sódico.

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